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José A. Luján

Piedra lunar

José A. Luján

Manolo Ruiz, plástica en pandemia

Con la palabra significada podríamos desplegar cien maneras diferentes de calificar la pandemia que nos envuelve, convirtiendo nuestro existir en una suerte de mortaja viviente. Lo que los economistas y sociólogos consideran sociedad del bienestar, instalada en un amplio sector del globo, de repente sufre un parón. Otro amplio sector de la población apenas si existía, y en su marginalidad no había llegado a conocer las mieles del progreso. Estas regiones siguen viendo cada día delante de sus propios ojos la imagen consumida de niños famélicos y las carencias de un entorno infrahumano. Parece que el coronavirus ha venido para igualar el Norte con el Sur en la precariedad del vivir pegado con alfileres.

¿Quién se salva en este caminar por el mundo? La vacuna llega en tiempo veloz, pero también ha venido para seguir desvelando las seculares diferencias entre las regiones del globo. Países ricos, países pobres. Mientras usted, lector, y quien esto escribe nos encontramos inmunizados, más de media humanidad está a la espera de inversiones en viales salvadores.

Desde que se declaró la primera ola de la pandemia, más allá de los aplausos y las caminatas por las azoteas, como si fueran hámster bípedos, muchos ciudadanos, de puertas hacia dentro, continuaron con sus quehaceres habituales. Los creadores artísticos mantuvieron el ritmo, incluso con la neurona alterada. Los poetas y narradores desempolvaron la actitud y el concepto existencialismo de los años sesenta del siglo pasado, con aquel quasi lema de «somos seres arrojados al mundo y la vida es efímera». Esta corriente atraviesa la historia de la humanidad en la que se encuentran planteamientos llenos de angustia, esperanza, duelo, melancolía, ya que estos temas son fundamentos de cada ser humano y de todo el conjunto de la humanidad.

La visita al taller de un creador plástico ejemplifica aspectos de la situación que se vive en el contexto de la pandemia. Nos encaminamos a la casa-estudio de Manolo Ruiz, pintor expresionista de reconocida trayectoria en nuestra tradición cultural. Vamos tirados por el compromiso adquirido para exhibir una pieza en la exposición Crestas del infierno, en la que participa una veintena de artistas de la Escuela Luján Pérez, siendo comisario su director, Orlando Hernández, que, con motivo del segundo aniversario del megaincendio que asoló 18.000 hectáreas de ocho municipios, se presentará en Artenara en el mes de septiembre, dos años después de aquel triste acontecimiento.

Los artistas nunca se detienen. Su neurona creativa se mantiene activa. En este caso, tenemos el privilegio de que el pintor nos muestre una antología retrospectiva, desde los inicios en su barrio natal, San José, donde su padre ejerció como tornero de la madera.

Cuando el joven Manolo sale de su barrio y desvela su obra ante los maestros consagrados como Cirilo Moreno, Felo Monzón y Miró Mainou, casi a coro le dicen: «tú no sales de aquí». Ese fue el momento primigenio de su actitud ante la plástica, que había surgido impregnada de innata sabiduría. En un principio, fueron dibujos de sus padres y otros personajes, autorretratos, bodegones. Con un retrato de su padre obtuvo un primer premio en el Gabinete Literario. Una exposición en Madrid (Galería Orfila, 1983), recibió los elogios de Gerardo Diego, quien conoció Canarias de la mano de la poeta Pino Ojeda.

En el tiempo anterior a la pandemia, Manolo Ruiz estaba trabajando en una serie sobre marinas de El Rincón. Pero ante la calamidad del covid-19, abandona la temática costera y se vuelca en la elaboración de una treintena de obras de pequeño formato en la que deja huella del presentismo, la historia inmediata que está cargada de tragedia. Valme, su mujer, también pintora, y él mismo se confiesan personal de riesgo, y su hijo, profesor de música y compositor, está en Madrid. Manolo Ruiz manifiesta que su soledad la salva la pintura porque le sirve de expresión, dentro de su actividad habitual, aunque le parecía que aquel momento era imposible de superar ya que la familia estuvo más de dos meses confinada.

El pintor tiene sustancia de referencia en la tragedia que ahora mismo está copando las páginas de la historia. Es el acontecer inmediato lo que queda reinterpretado en su obra: personajes sin rostro, barcos anclados, noray sin vida, reinterpretación del icono del coronavirus; taller de Escuela sin lienzos en caballetes, pinceles abandonados en las mesas. Manolo Ruiz es cronista plástico de este momento.

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