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Juan José Millás

A la intemperie

Juan José Millás

Dignidades e indignidades

Tuve un jefe que se cortaba las uñas mientras despachaba con su secretaria. Yo vengo de ese mundo que quizá no ha cesado todavía, de ese mundo que, por lo que escucho aquí y allá, tal vez haya empeorado. Un día, una de las uñas salió disparada y se clavó en el ojo derecho de la secretaria, provocándole una lesión que al principio no parecía importante, aunque las cosas se fueron complicando y acabó tuerta la pobre chica. Su abogado denunció el caso intentando que pasara por un accidente laboral, pero el juez decidió que no todos los accidentes que sucedían en el lugar del trabajo eran laborales, de modo que la secretaria perdió el puesto y la indemnización, además del ojo.

El jefe, crecido por esta resolución judicial, siguió cortándose las uñas con la nueva ayudante, que tuvo el cuidado de acudir a sus llamadas con unas gafas protectoras. Un día fui convocado a su despacho para discutir sobre unos asuntos de mi competencia y lo descubrí cortándose las uñas, pero las de los pies. El tipo me invitó a que me sentara sin cejar en su actividad.

- ¿Qué me traes? -dijo.

- Vuelvo luego, cuando acabes.

- Luego me voy, despachémoslo ahora.

Le dije con toda educación que no me parecía bien que me atendiera de ese modo y se puso hecho una furia. Yo necesitaba el trabajo, pero necesitaba también la dignidad. No quería renunciar ni a ésta ni a aquél, de modo que dudé unos segundos y elegí la dignidad.

Yo vengo de ese mundo que quizá no ha cesado.

A los pocos días me llamó el jefe de personal y me comunicó que me trasladaban de oficina, lo que me pareció bien, pues estaba harto de aquella tiranía. En el nuevo puesto había un jefe encantador, el primer jefe encantador que recuerdo. Ascendí rápidamente y al poco ocupaba un despacho con muchas responsabilidades. Un día llamé a uno de los empleados para despachar un asunto. El joven entró, se sentó, sacó un cortaúñas del bolsillo y comenzó a hacerse la manicura mientras me ponía al día de lo que le había solicitado.

En este caso no supe reaccionar. Quizá intuí que la que estaba en juego no era mi dignidad, sino la del empleado.

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