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Juan Tapia

Nuestro mundo es el mundo

Juan Tapia

El poder fastidia a quien no...

El democristiano Andreotti dijo que «el poder desgasta a quién no lo tiene». En el caso del PP, si nos remitimos a la oposición de Aznar (la X del GAL y el «váyase, señor González») o de Rajoy (Zapatero ha traicionado a los muertos por ETA), está claro que lo sustantivo es que el poder cabrea (y mucho) a quién no lo tiene. Al líder de la derecha que sabe que si pierde las siguientes elecciones será fusilado al amanecer por sus compañeros de partido.

Pablo Casado ya ha sido derrotado dos veces, moriría a la tercera. Pero, ¡ojo!, un promedio de las últimas encuestas le da 121 escaños (uno mas que ahora el PSOE), pero sin otra opción que recurrir a los 52 de Vox (diecisiete mas que hoy Podemos) y sin total garantía de lograr la investidura. Para llegar a La Moncloa, el PP sería más rehén de Abascal que Pedro Sánchez lo fue de Iglesias el 2019. Estos son los fríos datos con los que Casado trabaja y que están tras su discurso de derecha dura y «pura» del pasado domingo en Valencia: derrocaré todas las leyes de Sánchez, recuperaré las competencias de prisiones cedidas a la Generalitat desde 1982, perseguiré a Puigdemont hasta el fin del mundo…

Casado necesita ganar (para no morir) y ve que el discurso de Vox sigue atrayendo a una parte nada pequeña de sus antiguos electores. Y sabe que tras el suicidio de Cs no tiene competencia directa en el centro. Por eso cree que le es más imprescindible que conveniente un discurso muy radical contra el gobierno PSOE-Podemos, y contra la «sumisión» de Sánchez al independentismo, que galvanice los sentimientos de toda la derecha. No vale el centrismo de la CDU de Merkel, hay que beber en el radicalismo polarizador de los republicanos americanos -incluso antes de Trump- contra Obama. Y contra Clinton.

Tras estas encuestas y la victoria de Isabel Ayuso en mayo, ya no estamos cuando Casado, con un discurso europeísta, votaba contra la moción de censura de Vox. Ahora se trata de taponar (mejor reducir) a Vox asumiendo una parte de su discurso. Y cree que se lo puede permitir porque Cs ya no está y no tiene competidores centristas internos. Núñez Feijóo y Juanma Moreno no están por plantarle cara, sólo emitirán educadas distancias, mientras que un discurso templado podría alimentar a Vox y dar juego interno al descarado reaccionarismo de Ayuso (para la que España va camino de Venezuela), y que podría ser avalado por Aznar y Aguirre.

Todo a la derecha y antisanchismo sin complejos, es la hoja de ruta de Casado que explica su mitin de Valencia. Pero ¿y el centro? Cs ya no está y el PP ofrece cargos. Vale, pero hay electores moderados entre el PP y el PSOE. Casado apuesta a que estos moderados, e incluso centristas (siempre hace un pequeño guiño a los socialdemócratas del PSOE), acabarán votándole porque la crispación hará a España irrespirable (como cuando Aznar en la última legislatura de Felipe), porque Sánchez es más «marxista» que Felipe, y porque repetirá una y mil veces que, además, está en manos de los comunistas y los independentistas. Las Belarra y los Puigdemont le regalarán el centro como Pablo Iglesias a Isabel Ayuso en las elecciones de Madrid. Y piensa que Sánchez ya fracasó en noviembre del 19 -antes de claudicar ante Podemos- cuando quiso pescar entre los muchos votos que Rivera tuvo en febrero de aquel año. Se fueron al PP… o a Vox.

La apuesta de Casado es aventurada. Primero, porque las últimas encuestas no revelan tanto un cambio de voto como una desmovilización de la izquierda, quizás porque no hay elecciones a la vista. Segundo, porque la convergencia ideológica PP-Vox puede asustar más al centro que los mercadeos de Sánchez con Yolanda Díaz y con Rufián.

Y si la estrategia funciona, Casado deberá gobernar con un Abascal de Vox que tendrá más fuerza que Iglesias en el 19. La alternativa es, además, irresponsable, pues pretende forzar a elegir entre un gobierno con la extrema derecha u otro con comunistas e independentistas. ¿Un 1936 sin armas ni pistolas? Pero quizás Casado es sólo prisionero de la realidad que le envuelve: Vox al alza, amenaza interna de Ayuso, y alguna prensa muy excitada contra la izquierda. ¿No tiene otro camino para intentar sobrevivir?

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