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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Lamberto Wägner

Tropezones

Lamberto Wägner

Miradas

Mi buen amigo J.M.G, espíritu profundo y exquisito donde los haya, me envía un vídeo de una disertación del escritor y articulista Gustavo Martín Garzo, en la serie de conferencias patrocinadas por la Fundación Amigos del Museo del Prado. Glosa en ella el magnífico libro Velázquez, el arte nuevo y ya su lúcida introducción despierta en mí un familiar ramalazo de culpa, al haberme desentendido últimamente de los retos culturales de cierto calado, y encima tal vez en favor de algún intrascendente reality show televisivo.

Porque la conferencia es espléndida. Y pletórica, esta sí, de realidades hondas y lacerantes.

El conferenciante se deleita con el pintor, sin duda el gran narrador visual del Prado, y nos revela esa gran capacidad de Velázquez de sintetizar la realidad... y lo otro. En sus lienzos llega a pintarnos dioses como si fueran hombres, y a hombres como si fueran dioses. En un cuadro como Las meninas nos propone en primer plano a la infanta Margarita, a los enanos, y al perro. Más atrás a las meninas atendiendo a la niña, dejando en segundo plano al propio pintor, y al fondo insinuada en un espejo la presencia cuasi fantasmal de los reyes. No deja de ser curioso que sea esa «galería de monstruos apacibles», como la califica Garzo, la que ocupe el lugar central desplazando a los mismísimos reyes. Cuando en ese tiempo se habla de «pequeños monstruos» ha de entenderse como «esos seres que presentan anomalías en relación a lo que entonces se consideraba como el modelo acabado del existir humano, el del varón adulto». Los enanos por su deformidad, los niños por ser mero proyecto del adulto, y la mujer por pertenecer a un sexo distinto al del dueño y señor de la realidad que era el varón. Una perspectiva de su tiempo que sería hoy día de una incorrección política rayana en la ofensa, pese a la defensa de los desfavorecidos que paradójicamente profesaba el pintor.

Pero el aspecto en mi opinión más fascinante que destaca Martín Garzo, es el de la mirada.

Se detiene largamente en el cuadro Cabeza de venado, una cabeza de ciervo con una mirada con alma, que le recuerda al conferenciante la anécdota de Rafael de Paula, que al entrar a matar percibió en la mirada del animal que el novillo estaba llorando, renunciando a sacrificarlo. O el énfasis en la mirada de los niños, habitantes de ese mundo de palabras mudas. Porque no es verdad que seamos sólo lenguaje. «Los niños de Velázquez poseen esa mirada que nos interroga y nos habla desde ese lugar inaccesible que es su propia infancia, y al que una vez abandonado no se puede volver». Como transcribe Martín Garzo la cita de Ana María Matute, «todos los niños desaparecen misteriosamente. Cuando menos se lo espera uno los niños se han ido, y no vuelven más».

Si me permiten personalizar, esos niños jugarían encantados con mi última nieta. Con ocho meses apenas si balbucea, pero ya su mirada nos habla de confianza, de sorpresa, de zalamería y si me apuran hasta prescinde del verbo para sonreírnos su ironía.

Empero siendo Velázquez maestro en el trampantojo de espejos y miradas, también sabe convertir una mirada en una daga. Intenten si no conciliar el sueño al lado del óleo del papa Inocencio X. Si es verdad que existe el llamado efecto Mona Lisa, según el cual la mirada del retrato parece perseguir al espectador, me temo que sólo podrán pegar ojo si se mudan a otra estancia.

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