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Xavier Carmaniu Mainadé

Entender + con la Historia

Xavier Carmaniu Mainadé

La manía de besar

Durante unos días, el covid y la retahíla de sus variantes han quedado en un segundo plano en las páginas de la actualidad científica. Investigadores de la Universidad de Harvard han publicado los resultados de un ambicioso estudio en la revista Science donde se apunta la posible relación que puede existir entre la esclerosis múltiple y el virus de la mononucleosis. Aún queda por conocer hasta qué punto una y otra están vinculadas, pero es un primer paso muy prometedor para intentar encontrar solución a una enfermedad tan devastadora como la esclerosis. Por el contrario, la mononucleosis es mucho más benigna en la mayoría de los casos. Debido a que se transmite a través de la saliva, popularmente se conoce como la enfermedad del beso, porque damos por sentado que besarse forma parte de la condición humana, pero no siempre ha sido así.

Tal y como lo definió el profesor de la Universidad Blaise-Pascal, Alain Montandon, en su libro sobre la historia social del beso (publicado en castellano por la editorial Siruela), besarse es un gesto muy cotidiano; pero esconde muchas cosas. Aprendemos a dar besos porque primero nos los han dado y con esto nos ofrecen una muestra de amor y cariño. Es justo lo que haremos después nosotros, a medida que vayamos tomamos conciencia de cómo funciona el mundo. Y es que los besos son algo más cultural que natural.

Ya en el siglo XIX, los antropólogos se dieron cuenta de que era un elemento occidental, mientras que en otras partes del mundo no se practicaba. En China, por ejemplo, besarse en la boca les daba asco porque les recordaba el canibalismo. En esta línea también iba la visión de los inuits, que temían que así se absorbiera el alma de la otra persona. De hecho, para ellos la boca era sobre todo una herramienta de trabajo, que les servía para masticar materiales duros como el cuero. En otras civilizaciones era directamente imposible besarse porque se deformaban los labios inferiores con prótesis o piercings.

Otra cuestión interesante a tener en cuenta es que ese gesto no siempre ha tenido una connotación amorosa. Durante la Edad Media, cuando un vasallo se ponía a las órdenes de su señor (a esto se le llamaba rendir homenaje) debía seguir un ritual muy marcado. Se arrodillaba ante él y le juraba fidelidad mientras unía las manos en posición de rezar. Entonces el señor feudal las cogía entre las suyas y se besaban. En la boca.

Fruto de la evolución de ese tipo de ceremonias aparecieron los besamanos: una demostración de sumisión al poder que se simbolizaba besuqueando las manos de monarcas y obispos. Luego, la etiqueta evolucionaría y solo quedó reservado a las señoras casadas y respetables. Además, debían ser ellas quienes ofrecían la mano. Si no, no se podía hacer. En los países germánicos esta costumbre se acabó sustituyendo por la expresión «beso su mano».

Es fácil deducir que con el nivel higiénico de otros tiempos, besar era una magnífica vía de transmitir enfermedades. Precisamente por eso cuando en Londres, en 1655, se declaró un brote de peste se recomendó a la población que se abstuviera de besarse. Cabe decir que los británicos no eran de los más efusivos en este campo y les sorprendía que otros lo hicieran. Por ejemplo, hay textos en los que comentan con estupor que los rusos tuvieran el hábito de saludarse besándose en la mejilla. Esta costumbre tampoco estaba bien vista en la corte de Francia.

En nuestra época, hasta el estallido de la pandemia, se había instaurado como una forma habitual de saludarse, sobre todo entre hombre y mujer o entre mujeres. De hecho muchas personas han señalado que ahorrarse ese trance ha sido una de las pocas cosas positivas del coronavirus, puesto que no se sentían a gusto teniendo que seguir esta convención social.

En cambio, en la esfera romántica nadie discute que una pareja debe besarse. Es un acto universal gracias al cine. Filme tras filme, la gran pantalla ha ido construyendo el cliché del beso como momento culminante de cualquier historia de amor narrada en la gran pantalla. Por eso, seguro que habéis oído alguna vez aquello de darse un beso de película. Los más afortunados también lo habrán protagonizado en algún momento de su vida.

Epstein-Barr, el virus de la mononucleosis

La mononucleosis está causada por el virus Epstein-Barr. Recibe este nombre por sus descubridores: el patólogo Anthony Epstein y la zoóloga Yvonne Barr. Fue identificado en 1964, durante la investigación posdoctoral que ella estaba realizando bajo la dirección de él. Por cierto, Barr murió en 2016 a los 83 años, mientras que Epstein celebrará los 101 en mayo.

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