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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Juan Gaitán

El ruido y la furia

Juan Gaitán

Cuñados

El escritor Carlos Salem, en aquellos tiempos, a finales del siglo pasado, en que compartíamos redacción, cenas y libros, solía recordarme siempre que «si hubiera un cataclismo nuclear solo sobrevivirían las cucarachas y los cuñados». A mí me hacía mucha gracia escucharle decir aquello con su marcado acento argentino aunque no fuese un descubrimiento suyo, ya que al parecer el cliché del cuñado ya se había acuñado al menos un siglo antes y en un periódico inglés del siglo XIX ya se hablara del fenómeno del «cuñadismo» para determinar a ese plasta de opiniones extremistas, gorrón e insufrible que no soportamos, con el que acabamos discutiendo en la cena de Nochebuena, y del que es imposible desembarazarse.

De hecho, es en Nochebuena cuando arrecia el «anticuñadismo», si se puede llamar así al fenómeno. Se ha comprobado que en torno a esa fecha los cuñados y el cuñadismo se convierten en tendencia gracias a las burlas despiadadas. La red donde aflora más esta actitud es twitter, que resulta ser, paradójicamente, la red cuñada por excelencia. Sea como fuere, lo cierto es que muchos tuiteros aprovechan el momento para diseccionar el comportamiento de sus cuñados y, de paso, vengarse cruelmente de ellos y de su insoportable manía de saberlo todo y de hacerlo todo mejor que nadie.

El historietista Pedro Vera, que dedicó en 2015 el segundo volumen de sus RancioFacts a este fenómeno, titulándolo Tu puto cuñado, ha conseguido explicar el fenómeno del cuñadismo en una sola frase: «Yo me hago Murcia/Madrid en moto en tres horas de reloj». Tal cual, no es preciso nada más, así es el cuñado y su idiosincrasia. Y por eso es inevitable la asociación entre el cuñadismo y la España profunda, esa imagen, no por estereotipada menos cierta, del tipo con la camisa desabotonada, apoyado en la barra del bar, trasegando cerveza y opinando ex cátedra sobre lo divino y lo humano.

Porque, pongámonos serios, un cuñado no es un ser cualquiera. De hecho, si no sabe quién mató a Kennedy, si su coche no gasta muchísimo menos que el tuyo, si no dice «es que no sabes comprar…», si no se sabe de memoria la delantera mítica del Atletic de Bilbao (y la recita muy rápido), si no puede dejar de fumar «cuando quiera», si no tarda menos que tú en montar un mueble de IKEA, si no hace la mejor paella «que vas a probar en tu vida», no es un cuñado de verdad.

Y todo esto viene a cuento porque esta mañana me sorprendí a mí mismo preguntándome si Felipe VI compartirá las opiniones de mi querido Carlos Salem o de Pedro Vera sobre los hermanos políticos y me dio el pálpito de que no debe andar muy lejos, fundamentalmente porque pocas personas están haciendo más por el advenimiento de la III República que Iñaki Urdangarín, ese cuñado.

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