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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

Del ‘chanelazo’ al ‘telefonazo’

No está escrito ni regulado que el día después del chanelazo el rey Felipe VI le pegase un telefonazo a su padre, cuando ambos estaban en el mismo país, para citarse en fechas más bien cercanas que lejanas en España. Una rocambolesca coyuntura que nos pone muy cerca del estado fallido: una crisis familiar-fiscal en el núcleo borbónico, que los protagonistas tratan de resolver como si fuesen la charanga de los pantojas y no le debiesen explicación alguna a los poderes públicos que resuelven su manutención anual. Gracias a que el festival de Eurovisión ha sido como un narcótico para el pueblo, vulgo siempre desesperado por excitantes tras la larga peste. Los estiramientos bellos y superlativos de la intérprete Chanel se han solapado con el reciente episodio en Abu Dabi, lugar de pulcritud democrática donde los haya y que Juan Carlos I eligió por razones que entran en su genealogía en formato petrodólares. Después de Pegasus no me fío un cabello: ¿quiso Palacio que una cuestión tan relevante y dispar quedase asimilada a esa especie de relax que es una Europa cantarina bajo los bombardeos, puñetera con Putin y con premio para Ucrania por su odisea? Pues me lo creo, está inventado por la sociología política hace un porrón de años, si bien en España el fenómeno atiende a raíces esperpénticas no ajenas al derrape mental quijotesco y al Goya de Los Caprichos, pura dinamita. Esto del Rey y su padre es lo que se llama una pesadez histórica, una exhibición desde la punta de la pirámide del desatino que habita en la familia nacional, una acidez crónica que dejaría exhausto al Freud y que haría las delicias de un jesuita confesor especializado en resolver conflictos filiales. Tenemos una Casa Real que necesita hasta una monitorización de su malestar, capaz, hay que decirlo, de echar su veneno sobre ese momento mágico del chanelazo e intoxicar con sus pócimas este abandono eufórico e inflacionista de las semanas de confinamiento, mascarilla, jabones, PCR, test y desgracias por doquier. Esta monarquía nos deprime.

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