Opinión | Objetos mentales

Vivir de otra manera

Durante la reciente pandemia, como consecuencia de los padecimientos y calamidades sufridos por la población, se oyeron voces cualificadas apenas sofocadas por la gravedad del momento que demandaban lo necio que sería desaprovechar la ocasión para vivir de otra manera, porque la forma en la que hasta ahora se había vivido, insistían, era la causa de su padecimiento. Se estimulaba al personal la prioridad de vivir de otra manera mediante una amplia diversidad de medios y pocas razones. Pienso ahora qué supone eso de vivir de otra manera. Y no es fácil imaginarlo, sin libertad resulta imposible, y comprender vivir de otra manera como imposición, inconcebible.

Esta frase-proposición y otras sinónimas formaron parte de un relato en lo sucesivo y especialmente durante la fase más aguda de la pandemia. En dicha fase, la población fue sometida por la dirigencia a inimaginables mundos futuros y felices, finalmente el personal los tomó como se toma al pito del sereno, por uno u otro motivo, por ilusorios. Es lo que suele ocurrir con los mundos de yupi donde, salvo los irredentos, entienden que el auténtico mundo de yupi son las propias previsiones y esfuerzos.

Hubo sin embargo en medio del debate general voces bien intencionadas, pese a que las que se impusieron fueron voces de iteración doctrinaria. A pesar de todo y según el juicio desquiciado de aquéllos, argüían que habría de emerger una sociedad preparada y dispuesta, no solo para afrentarse a futuros retos que irremediablemente sobrevendrían, sino capacitada para vivir de otra manera.

Con la perspectiva que ofrece el tiempo, lo cierto es que ni la sociedad ha aprendido ni tampoco ha aprovechado aquellos errores de los que tanto se le advertía. A la postre, vencidos por la propia realidad, las mismas voces finalmente admitieron que la pandemia fue la oportunidad más desaprovechada de la historia para vivir de otra manera. El caso es que el personal tampoco vive de otra manera. Eso sí, escépticos una vez más, pensamos que, si inquiriésemos acerca del tipo de sociedad a la que se referían y cómo dar satisfacción a esa frase-proposición, no sabríamos qué decir. Porque incluso, dando por supuesto que supieran el tipo de sociedad a la que se habían referido, incluso en esa hipótesis, cómo habrían podido presumir que las personas aceptarían vivir de otra manera.

Como se comprenderá fácilmente, vivir de otra manera exige la sustitución, en todo o en parte, de la forma en que se vive, despojarse de una forma de vivir para dar cabida a la nueva forma. Aparte de esas predisposiciones primeras y generales, al mismo tiempo habría de pensarse en perfeccionar en la nueva forma de vivir lo que la antigua forma de vivir carecía y de la que ahora pretendemos despojarnos para dar la bienvenida a la nueva, teniendo en cuenta que, sin duda, habría de perfeccionarse la anterior forma de vivir porque la impaciencia de la naturaleza humana exige resultados inmediatos. Sin ellos, es fácil imaginar chistes tales como que para vivir peor ya el personal se basta y sobra. Como es sabido, las mejores intenciones son pasto de la ironía y la sardonia, tábanos que erosionan rápidamente cualquier ilusión.

Vivir de otra manera, así en general, no nos sirve dado que esa fórmula se nos aparece como una percepción general, habida cuenta de que donde la vida se manifiesta verdaderamente es en lo particular. Queremos decir, en lo concreto de su realización personal y que se sustenta en la capacitación de cada individuo, por el motivo principal de que la satisfacción de lo vivido no es intercambiable. Cuando esas voces predominantes ahora manifiestan que con la pandemia hemos perdimos la oportunidad de vivir de otra manera verdaderamente confiesan su fracaso, la dificultad que entrañan los cambios, salvo naturalmente que se impongan y si de algo sabe la sociedad es de imposiciones. De hecho, supongo que pocos están dispuestos a renunciar a vivir de un modo distinto al que satisfactoriamente les ilusiona. Ni siquiera aquellas voces que, con gran trompetería y aparato, insisten.

Probablemente la dificultad de ese proceso estriba en que la razón es una forma de emoción restringida. Lo que hace particular a las emociones es que requieren de poca o ninguna racionalidad. La razón representa lo menos corporal de las emociones, la emoción lo puramente corporal inmediato. Son las motivaciones y los gustos privativos, a pesar de las normas, los que imperan, el relato es el sedal que se le suelta al pez. No vivimos de otra manera porque especialmente cada individuo tiene su propia forma de vivir de otra manera.

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