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Hay otros Mario Conde

Hay otros Mario Conde, pero el mejor lo inventó Padura. Su Mario Conde es ahora un detective (antes fue policía) sesentón, solitario, desaliñado y melancólico, fiel a las largas comidas y las borracheras con los amigos. Un tipo normal -y con normas- en lucha contra la ausencia de expectativas en la Cuba posterior a Fidel sin que se haya ido Fidel. Conde es en ese sentido una metáfora de toda una generación, dice Padura, que no es Conde pero tiene bastante de él. Al menos, esa es la sensación que uno se lleva después de entrevistarlo, aunque sea con un océano de por medio. Pasó después de la publicación de su última novela, Herejes (Tusquets), y uno encontró al otro lado a un hombre comprometido con los cubanos, con los que comparte desde dentro cada día, pero que huye de hacer política con el arte, si es que tal propósito es posible. "El gran compromiso del artista es con su creación", afirmaba entonces, octubre de 2013. Pero que no nos confunda: nada más lejano a una torre de marfil que Padura, un escritor vacunado contra la solemnidad, lo que significa también asumir la dificultad de juzgar, el rasgo que mejor define a los buenos escritores. Por eso, sus novelas reflejan con acidez la Cuba neocastrista de moral utilitaria, pero no ajustician el castrismo. "La obediencia a mandatos supuestamente creados para nuestro bien puede convertirse en una cárcel". Esa reflexión que puede leerse en su último libro puede servir para la Cuba castrista y, como él replica, es un buen vestido para un mundo cada vez más totalitario.

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