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Dilemas con las vacunas

Dilemas con las vacunas

Dilemas con las vacunas

Los portadores son individuos que albergan el agente patógeno sin que en ellos produzca la enfermedad a la que se les asocia. Es allí donde sobrevive y la fuente más frecuente de casos. Qué hace que se sea portador no está claro. Tampoco está claro que su esterilización sea útil. Pronto los adquieren. Además, la prevalencia de portadores varía entre poblaciones, dentro de las poblaciones y a lo largo del tiempo.

Sea como sea, las vacunas que solo evitan la enfermedad son menos útiles desde el punto de vista de la salud pública que las que logran impedir el asentamiento del germen. Sí son formidables para la persona vacunada.

Los virus son unos seres vivos peculiares porque para crecer y multiplicarse, una de las características que definen la vida, precisan invadir una célula eucariota, la que contiene ADN, al que colonizan y lo obligan a crear copias de sí mismo, miles, millones de copias. Entonces la célula rompe y arroja al medio ese ejército viral ávido por llegar a otras células. Así produce la enfermedad. En mi opinión, no hay estatus de portador en la enfermedades víricas, no hay situaciones en las que los virus vivan plácidamente en la superficie celular esperando tiempos mejores. Su destino es penetrar hasta lo más íntimo, hasta esa doble hélice que la define. Sin embargo, sí parece, sobre todo en el caso de SARS-CoV-2, que no siempre causa enfermedad o los signos y síntomas de su acción en las células que invade no son notables. Al menos el 45% de los casos diagnosticados en las últimas semanas en España no tenían síntomas entonces. No sabemos, no hay información, si en el curso de los días los desarrollaron. Apenas nadie duda sobre la existencia de asintomáticos, lo que es debatible es la proporción. Variará entre poblaciones y a lo largo del tiempo. Y habrá más cuantas más pruebas se hagan al azar.

Volvamos a la vacuna. Hay diez, además de la rusa, en la última fase. Todos esos ensayos están diseñados para evaluar su capacidad de evitar la enfermedad. Es decir, tanto a los vacunados como a los no vacunados se les vigilará para descubrir signos o síntomas de enfermedad y, en ese caso, hacer las pruebas diagnósticas. Por tanto, con estos ensayos no sabremos si la vacuna impide la infección. Solo sabremos si impide la enfermedad.

En principio, dada la naturaleza de los virus, esto no sería problema: como se ha dicho, un virus solo sobrevive si invade células, causa daño y por tanto síntomas. Pero por lo que parece con SARS-CoV-2 no es así, o no es del todo así.

Si verdaderamente al menos el 35 por ciento de los casos son silentes y si esos casos trasmiten, como todo parece indicar, con una vacuna que solo impida la enfermedad no se evitará la circulación del virus. Es solo una hipótesis. Hay tres ensayos clínicos que como resultado secundario vigilarán la incidencia de infección. La cuestión es complicada. Para saber si impide la infección hay que hacer PCR. Pero la dificultad estriba en que los virus solo habitan en el tracto respiratorio alto durante dos semanas aproximadamente. Por tanto, habría que hacer repetidas PCR, tanto a vacunados como no vacunados, durante el tiempo de seguimiento, meses. Y son ensayos clínicos de 30.000 o más personas.

Mi suposición es que las vacunas que despiertan la inmunidad humoral, la que crea anticuerpos, han de ser capaces de impedir la infección, no solo la enfermedad. Porque precisamente esa inmunidad es la que ataca a los virus cuando aún no penetraron en la célula. La teoría es que cuando SARS-CoV-2 llegara al árbol respiratorio, los anticuerpos, como un ejército alerta, se abalanzarán sobre ellos, anulándolos. Y confiamos que habrían despertado la inmunidad celular. Esta es la que se encarga de engullir y hacer desaparecer las células infectadas. Es la que va a impedir la enfermedad.

El problema más importante de la epidemia por SARS-CoV-2 es su virulencia. Cuando se cebaba en la población de Wuhan leíamos las estadísticas con cierta tranquilidad: la letalidad era baja, del 1%. Y la infectividad no era demasiado alarmante: cada enfermo producía algo menos de tres casos. Pero cuando llegó a nuestro país se demostró mucho más agresiva. El perfil de virulencia actual se parece más al que esperábamos: una letalidad del 0,4% no es un problema de salud pública urgente y una razón de ingreso del 5% (0,3% a la UCI) no supone una sobrecarga al sistema, sobre todo, si el número de casos se mantiene controlado. España está haciendo esfuerzos muy serios para conseguirlo. En varias regiones ya no crece el número de casos, aunque aún en la media sí lo hace. Las medidas, que pueden parecer excesivas y criticables, esperamos que lo logren.

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