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Volcán de La Palma | Evacuaciones y desalojos

El ánimo de un barrio en el alambre por el volcán de La Palma

La población evacuada de La Laguna tuvo oportunidad de recoger ayer más pertenencias ante la ralentización de la colada lávica en dirección noroeste

Impresionantes imágenes del derrumbe de una casa en La Palma Vídeo: Agencia ATLAS | Foto: Reuters

Las fuerzas de los casi 800 habitantes desalojados de La Laguna hacen malabarismos sobre un alambre que la lengua de magma que apunta hacia sus calles podría seccionar de un tajo. Después de 25 días de rugidos, piroclastos y explosiones, el vecindario completo pasó su primera noche de vigilia colectiva lejos de sus casas, vecinas y vecinos.

Aunque en el transcurso de las últimas semanas de erupción, esta pequeña localidad de Los Llanos de Aridane ya se despoblaba por goteo y hartazgo de los temblores roncos del volcán, la orden de evacuación preventiva decretada el pasado martes por la mañana congeló el ánimo de este barrio que, hasta entonces, iba escapando por un fisquito.

«En el confinamiento se quedó vacío el barrio, ahora es como si nos vaciaran a nosotros»

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Pero una hebra de suerte volvió a ensanchar el milagro durante unas horas durante el día de ayer cuando la colada de lava que puso en jaque a La Laguna ralentizó su velocidad a media ladera y abrió una tregua para que vecinos y vecinas pudieron acercarse de manera controlada a sus hogares y hacer acopio de más pertenencias.

La caravana formada a lo largo de la Carretera de Puerto Naos en dirección a la frontera de La Laguna, que ahora forma parte de la denominada «zona de exclusión» marcada por el volcán, concentraba a cientos de laguneros escoltados por vehículos especiales del Cabildo de La Palma, Protección Civil y el Centro de coordinación operativa insular (Cecopin).

«Que se forme hoy [por ayer] esta cola es buena cosa, dentro de lo malo”, aseguraba un trabajador de Cecopin, que abría y cerraba el paso, “porque significa que esta zona de La Laguna, por el momento, sigue a salvo y se pueden rescatar más objetos de valor de las viviendas, por si lo peor”. Al fin y al cabo, otros barrios no corrieron esta misma fortuna.

Habitantes desalojados del barrio de La Laguna, el pasado martes, que abandonan sus casas escoltados por las fuerzas de seguridad. Arturo Rodríguez

Este mismo trayecto de vuelta es una larga ringlera de cargamentos de neveras, colchones, mesas, armarios, cunas. “Todo lo que no sea pared, pa’ la saca”, manifestaba un vecino de Los Barretos, en el camino de regreso hacia el centro de Los Llanos. La prioridad en la jornada del pasado martes, cuando se inició el primer tramo temporal de evacuación desde las 13.15 hasta las 19.00 horas, consistía en elementos básicos: documentos y papeles, medicamentos y ropa de abrigo. Y lo que diese tiempo.

Casi el 95% de la población desalojada opta por realojarse en casas de familiares o de amigos

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Un día después, los vecinos arramblaban ayer con todo el mobiliario, libros y objetos que encontraban a su paso, de manera que la estampa desde la carretera, coronada por la erupción de lava y humo que preside el paisaje, era de cientos de hogares desmantelados y empacados sobre ruedas. “Es la imagen más triste que ha pasado por esta carretera”, indicaba Pila, vecina de Las Martelas, de la última vivienda que hace esquina con la LP-213, a unos 200 metros del fin del perímetro de seguridad.

Sin embargo, la posibilidad de poder regresar durante unas horas a La Laguna, después de evacuarse bajo la primera amenaza real de la lava sobre sus casas y callejones, alivió un poco la congoja de tantas familias que temieron darle la espalda a sus vidas para siempre. Aun así, el ánimo seguía pendiendo de un hilo, que se extendía a través de los barrios colindantes en dirección a Los Llanos de Aridane, a través del Malpaís de Triana y hasta Tazacorte, donde culmina la diagonal que traza el posible sendero de la última colada.

Al preguntarle a los vecinos por el breve reencuentro con su barrio desalojado, José Manuel, camionero de profesión, explicó que: “esto fue como si me vaciaran a mí por dentro”. “En el confinamiento de la pandemia se quedó vacío el barrio”, explica. “Pero ahora es como si nos vaciáramos nosotros”. Al igual que tantos vecinos de las calles aledañas, José Manuel y su mujer dormían desde hace dos semanas con las maletas casi cerradas, “el televisor y las cosas grandes ya anotadas pa’ sacarlas, y bastante ropa metidita en bolsas”, por lo que dedicaron la tarde de ayer a cargar el camión y, sobre todo, a enjaular a sus gallinas, perros y conejos.

«Es la imagen más triste que he visto en esta carretera», apunta una vecina de Las Martelas

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Ambos se alojaron entonces en casa de su hija mediana, situada en el lado este de Los Llanos de Aridane, que cuenta con un garaje amplio para aparcar todos los bártulos. “La vida al revés”, reía, con amargura. En la mañana de ayer, José Manuel salvó en el maletero algunos enseres más de su vivienda, como dos cajas de tea de «gran valor personal para la familia», pero en el resto de sus viajes se prestó a auxiliar a varios vecinos y vecinas que lo necesitaban.

Cuenta que su mayor temor es «naturalmente, que la lava llegue a mi calle y coja nuestra casa», pero también que el alambre se estire muchas más semanas hasta romper las fuerzas que les quedan. «Yo le digo a mi mujer que nos aferremos a la vida y que no hay mal que cien años dure», explica. «Y ella me dice: ni cuerpo que lo aguante».

Habitantes desalojados del barrio de La Laguna, el pasado martes, que abandonan sus casas escoltados por las fuerzas de seguridad. Arturo Rodríguez

Además de contribuir a evacuar varias propiedades privadas, muchos esfuerzos se centraron en salvar los materiales del CEIP La Laguna, en el Camino de Cruz Chica, que, situado en la “zona de exclusión” desde hace semanas, permanecía cerrado por su inaccesibilidad, pero con sus pupitres, libros y pizarras a merced de las cenizas.

En este sentido, quizás destaquen dos rasgos vertebrales dentro de los durísimos procesos de evacuación y desalojos a los que se han visto compelidos más de 6.000 habitantes de La Palma a causa del volcán de Cumbre Vieja y su deriva inclemente.

El primero es que casi el 95% de la población desalojada de sus casas, según los datos reportados por la dirección técnica del Plan Especial de Protección Civil y Atención de Emergencias por Riesgo Volcánico (Pevolca), opta por realojarse en casas de familiares, amigos, familiares de amigos y viceversa, donde se atrincheran cohabitantes de hasta 15 personas para darse cobijo hasta que el demonio pare.

El segundo, que se solapa con el primero, se basa en esa red de apoyo que entretejen los vecinos y vecinas de la isla cada día contra viento y arena, donde “todo aquel que tenga un camión o un coche grande se viene pa’ quí”, como apuntaba José Manuel, y lo mismo que en los buenos tiempos se intercambian bubangos y puerros y un mato de hierbahuerto que salió bueno, estos días se amotinan contra la incertidumbre para sumar fuerzas en una tierra que se mantiene más unida que fracturada.

Con todo, el alambre sobre el que caminó la jornada de ayer entre los de La Laguna sin La Laguna tambaleó en numerosas ocasiones. El primer miedo avanzó en la dirección de la colada de lava en sentido noroeste, que bordeó la Montaña de La Laguna y discurrió junto al supermercado Spar, situado al sur de este barrio, pero sin rozarlo. No obstante, esta lengua magmática arrasó veintenas de inmuebles, fincas, plantaciones e infraestructuras a su paso.

Habitantes desalojados del barrio de La Laguna, el pasado martes, que abandonan sus casas escoltados por las fuerzas de seguridad. Arturo Rodríguez

Los temblores siguientes emanaron del propio cono del volcán, dado que el tremor intensificó su precipitación de materiales piroclásticos y arena negra a primeras horas de la tarde en los tejados y calles de Los Llanos de Aridane, además de incrementar en varios decibelios su rugido.

Esperanza

Y el ánimo se alivió a media tarde, cuando el director técnico del Pevolca, Miguel Ángel Morcuende, advirtió de que la colada de lava que apuntaba a La Laguna desaceleraba aún más su ritmo, con la posibilidad de que «abortase» y se detuviese para siempre.

Al cierre de esta edición, una de las hipótesis que sonaba con fuerza es que pudiese frenar en los próximos días. Precisamente, José Manuel contaba que un vecino que reside dos casas más allá, que se realoja estos días en casa de su cuñada en el barrio de Tajuya, invitó a su familia a una carne cochino si salvaban otra noche. «Se cargó encima hasta la barbacoa», sonrío.

Y la última línea de esta tarde infinita a la sombra de Cumbre Vieja desea rendir homenaje, sobre todo, a todos los desalojados de La Laguna; que, como inmortalizó un vecino en el principio del horror, mientras se pueda, mientras el volcán dé tregua, «haya tiempo de comer».

Habitantes desalojados del barrio de La Laguna, el pasado martes, que abandonan sus casas escoltados por las fuerzas de seguridad. La Provincia

«El miedo es que nuestros muertos se nos mueran por segunda vez» 

Uno de los mayores temores de los vecinos y vecinas de los barrios desalojados de La Laguna o de Todoque, en Los Llanos de Aridane, es que una de las coladas activas alcance finalmente al cementerio de Las Manchas, que permanece aislado e inaccesible como consecuencia del volcán desde finales de septiembre.

Así lo manifestó una vecina de Todoque desalojada y realojada en La Laguna en la segunda semana de erupción, y desalojada y realojada en Tazacorte esta semana. «A mí la lava ya me entuyó la casa, aunque me dio tiempo de sacar los recuerdos familiares y algunos muebles», cuenta esta vecina que, además, se encontraba en proceso de mudanza y todavía almacenaba una parte de su viejo mobiliario en casa de su hermana. «Pero a mí me angustia pensar que pueda llegar al cementerio de Las Manchas, donde está enterrada toda mi familia e íbamos todas las semanas a ponerles flores», explica.

«Ya es duro llevar semanas sin ir y saber que está abandonado a la suerte del volcán», añade. «Pero si al final la lava se entuyese el cementerio, para nosotros sería como si nuestros muertos se nos muriesen por segunda vez, y eso es muy duro». 

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