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La Provincia - Diario de Las Palmas

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La Navidad está en el cerebro

La festividad expone al órgano a una serie de estímulos sociales, de motivación y recompensa que convierten estos días en los más ilusionantes del año

Tres jóvenes, ayer día de Año Nuevo, a las puertas de una churrería de Las Palmas de Gran Canaria. | | JUAN CASTRO

La Navidad no existe, es un simple constructo de nuestro cerebro. La felicidad y la ilusión que el marketing vende con astucia y la población asume sin rechistar, vienen dadas por una serie de estímulos que funcionan como una bomba de relojería para el cerebro. La simple imagen de unos calcetines colgados sobre una chimenea, de las luces tintineantes que recorren el árbol de navidad o de la nieve cubriendo una pequeña casita de madera es capaz de evocar la felicidad y la ilusión que durante siglos ha impregnado la tradición navideña en todo el mundo.

Lo hace porque la idea de la Navidad es capaz de activar tres regiones diferentes del cerebro, poner en funcionamiento las neuronas espejo, emitir ingentes cantidades de dopamina en pocos minutos y hasta desactivar la función de la amígdala para que no seamos tan desconfiados. En definitiva, el espíritu navideño no es más que otra ilusión que crea nuestro cerebro para hacernos felices. Así lo constató en 2015 un grupo de investigadores de la Universidad de Dinamarca, que vio cómo a las personas más navideñas se les activaban zonas del cerebro relacionadas con recompensas comunes a estas fechas, como el vínculo social, la ilusión y hasta el poder ingerir alimentos ricos en hidratos de carbono y azúcares.

Para llegar a esta conclusión los científicos estudiaron las respuestas cerebrales de 20 personas –10 que celebraban de forma recurrente las fiestas y otros 10 que no lo hacían– ante el estímulo de unas fotografías que evocaban la Navidad. Sus resultados mostraron que la idea de celebrar estas fechas señaladas activaba la corteza motora primaria, el lóbulo parietal y la corteza somato sensorial de los navideños. Mientras, en el grupo más reticente a llevar a cabo estos festejos, no se producía la activación de ninguna zona cerebral.

«Son diversos los factores que provocan que nuestro cerebro reaccione ante la Navidad», explica Raquel Marín, neurocientífica de la Universidad de La Laguna (ULL) y autora del libro Pon en forma a tu cerebro. La memoria histórica y la tradición son quizás las que influyen de una manera más clara. «Esta festividad nos genera una sensación de hogar impregnada por la tradición, que a su vez, evoca a la protección social», asegura Marín, quien recalca que esto predispone al cerebro a tener más afinidad por las emociones positivas. Y son muchas las que envuelven a la Navidad. En estas fechas se refuerzan los vínculos sociales, el confort, la pertenencia a un grupo, la creatividad, las recompensas palatales y materiales, la ilusión y hasta la motivación. «Es un subconjunto de sustancias que estimulan el cerebro de manera brutal», insiste la científica.

La Navidad está en el cerebro Verónica Pavés

Además, casi sin percatarnos de ello, durante la Navidad nos contagiamos la felicidad los unos a los otros. «Es la experiencia del rebaño, imitamos las pautas de aquellos que se encuentran a nuestro alrededor», recalca Marín. Para llevar a cabo esta tarea, el cerebro humano cuenta con una herramienta muy eficaz: las neuronas espejo. Estas células cerebrales se activan cuando una persona u animal observa una acción concreta al ser ejecutada por otro individuo –especialmente un congénere– y procede a imitarla.

Los niños son los que usan estas neuronas más a menudo, dado que son «atajos para aprender nuevas habilidades» y están muy relacionados con la empatía. Por eso, el cómo los más pequeños viven las navidades, define su afinidad o aversión hacia ellas cuando son más mayores.

Por si esto no fuera suficiente, el cerebro también juega a favor de la Navidad porque sabe que lo que haremos durante estas fechas nos gusta, y mucho. La comida que se consume durante las fiestas, basada en una ingesta más grande de lo habitual de hidratos de carbono, así como el gasto de dinero en regalos, nos produce una sensación de placer ¿Pero por qué? Por un lado, «los hidratos de carbono son como caramelos para el cerebro», dado que se transforman en la glucosa que utiliza para funcionar. Las compras, por su parte, resultan ser una autentica fábrica de dopamina. «En el momento de la transacción el cerebro emite cantidades ingentes de esta hormona», explica la científica de la ULL. Y aunque el efecto apenas dura un minuto, es tan placentero que es inevitable repetirlo una y otra, y otra vez. No en vano los españoles son los europeos que más dinero gastan en estas fechas.

Según el informe Deloitte de 2021, cada hogar español ha gastado este año unos 631 euros, lo que supone un 14% más que en 2019. La mayor parte del presupuesto (el 38% o unos 240 euros) se destina a regalos, mientras que el resto se divide entre comida y bebida, viajes y restauración y ocio.

Este enorme dispendio de consumo que se realiza durante las fiestas, no solo nos produce placer, sino que también es una forma de recompensa por todo el esfuerzo que se ha realizado durante el año. Como explica Marín, durante estas fechas, con la bienvenida al nuevo año, «también se aprovecha para cerrar ciclos» y es común aprovecharlas para hacer balance del año. «Tenemos expectativas de conseguir recompensas por el esfuerzo que hemos hecho», explica la neurocientífica. El premio puede aparecer en forma de comida deliciosa, relaciones sociales, regalos o compras, y todos esos ingredientes se encuentran durante la Navidad.

Sin embargo, este comportamiento de rebaño también puede ir en contra de la propia festividad. «Cuando sales de una situación terrible y las demás personas te invitan a ser feliz continuamente, puede ocurrir que la respuesta sea la opuesta». Marín se refiere a aquellas personas que se muestran reacias hacia la celebración de las fiestas y que, incluso, su simple mención les hace sentir incómodos. «Cuando esto ocurre, existe una tendencia de la persona al aislamiento, porque es incapaz de celebrar con el resto esas emociones positivas», resalta. Esta respuesta cerebral hacia la Navidad se relaciona con una sucesión de experiencias negativas que han coincidido con este periodo. «Quizás fue un año en el que no hubo recompensa», destaca la investigadora. Pero muy pocos son los adoptan la actitud del Grinch para siempre, pues cuando todos esos recuerdos negativos se solapan con nuevas experiencias positivas, la Navidad vuelve a ser una fábrica de placer para el cerebro.

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