Los lectores, al menos los que transitan esta columna, tienen sensibilidades que en ocasiones comparten conmigo. Me envían mails que guardo a veces sin más intención que releerlos en otro momento. Historia, relatos familiares, recuerdos entrañables en los que en muchos casos aparece la figura de un menor. Eva es una fiel lectora. Hace meses recibí un texto que hoy decido publicar puliendo mínimamente su escritura porque sus letras están llenas de orgullo y compromiso. “Te envío esta carta. Léela.”, comienza. “Mi hermana no podía ser madre y quiso adoptar, le daba igual que el niño tuviese un defecto físico, quería tener un bebé a quien proteger. Un día un médico le comentó que en un hospital había una niña con síndrome de abstinencia a la que sus padres no podían cuidar. El médico lo arregló todo y con la niña fuera de peligro mi hermana se la llevó a casa. Los padres verdaderos una vez curados de su adicción fueron a por su hija pero ya había sido dada en adopción. Era tarde. Aún así se presentaron en Protección del Menor para que nadie pusiera obstáculos si el día de mañana la niña, su hija, quería conocerlos”.

“Mi hermana”, continúa Eva, “siempre le dijo a la pequeña que no era su madre y que cuando fuese mayor si quería podría ver a sus padres de verdad”. Ella le ayudaría. Quiso el destino que esa mujer muriera así que “la niña se quedó a vivir con mi cuñado que también murió joven. En suma, que con 15 años mi sobrina se quedó huérfana de padre y madre así que mi madre y yo nos hicimos cargo de ella”. Cuándo cumplió 18 años ella solita fue a Menores y firmó su decisión de conocer a sus padres biológicos. Y se conocieron. “Curiosamente, sin haberse visto jamás, dos hermanas biológicas que fueron a la reunión eran tan iguales a ellas en gustos, en gestos que llamaba la atención. Esos padres conocen a mi familia y ahora agradecen, especialmente a mi madre, haber educado a la niña y no poner obstáculo para poderla abrazar con el paso de los años. Mi sobrina ha tenido un bebé y hoy los nuevos abuelos quieren recuperar el tiempo perdido; llevan 20 años limpios de droga. Cuando agradecen los cuidados que le dimos a mi vieja se le llena la boca diciendo que de no haber sido por esos padres jamás hubiera tenido una nieta como ella”.

Gracias, Eva. Preciosa historia.