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Marisol Ayala

La periodista Marisol Ayala es una de las firmas m√°s reconocidas y seguidas de la actualidad de Canarias desde hace m√°s 30 a√Īos, 25 de ellos en La Provincia. Hace cuatro a√Īos se baj√≥ de la vor√°gine de la prensa diaria y dej√≥ el peri√≥dico La Provincia, rotativo al que le unen lazos sentimentales. Hoy...


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  • 02
    Febrero
    2017

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    Sociedad Las Palmas

    La alumna especial

    La conocí cuando era una niña. No tendría más de 10 añitos. Su madre, una mujer guapa, de piel blanca, ojos azules, alta y delgada, la llevaba a diario a la piscina. Yo era nadadora y un día supe que buscaban a una de nosotras para enseñar a aquella criatura cuya discapacidad física no era grande, la psíquica, evidente. Vivía en su  mundo. No lo dudé. Durante dos veranos nos bañamos juntas. El chófer aparcaba en la puerta y su mamá la acercaba a la piscina donde la esperaba. Casi a la fuerza le quitaba el vestido, le ponía un bañador azul y le untaba la nariz de cremita. A partir de ahí era mía. Se trataba de quitarle el miedo al agua y poco a poco logramos el objetivo. Una hora duraba el baño. Durante ese tiempo la mujer se sentaba en el borde de la piscina protegida por una sombrilla, sin perder de vista a su niña. Fue la primera vez que tuve consciencia de estar con una niña discapacitada con evidentes comportamientos autistas. Recuerdo que a mi alumna le encantaba a música y que cantaba bajito, como a lo suyo, por tanto chapotear era para ella más atractivo si había ritmo. Esa fue mi baza. La tabla acuática que sostenían sus brazos corpulentos no dejaba de hacer sonar el ritmo de mi mano mientras me correspondía feliz con unos risueños y maravillosos ojos azules, verdosos, unos de los más bonitos que he visto jamás. Con el paso del tiempo tuve conversaciones cómplices con la madre en las que intuí el dolor que le suponía el futuro incierto de su hija. No recuerdo si Eli, así se llamaba, tenía hermanos; sabía poco de ellos. Lo que sí supe siempre es que la persona que la traía y la llevaba era su madre. Pasado el tiempo la vida nos separó.

    Ella me regaló un reloj y yo un juego y no volvimos a vernos. Alguna vez pensé qué habría sido de aquella chiquilla, de su vida, de sus cuidados, la gran preocupación materna. Nunca olvidé ni sus ojos, ni su alegría cuando me veía llegar. Pero la vida es muy puñetera y te espera en la esquina. En Navidad acudí a comprar manualidades que jóvenes discapacitados exponen en Adepsi, asociación que atiende a los chicos. De pronto entre tanta bulla, en un rinconcito, bailando torpemente y sola, estaba ella, Eli. Ya es mayor. La observé, la abracé y me miró con extrañeza.

    Su madre no estaba.

     marisol_@Ayala

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     


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    La conocí cuando era una niña. No tendría más de10 añitos. Su madre, una mujer guapa, de piel blanca, ojos azules, alta y delgada, la llevaba a diario a la piscina. Yo era nadadora y un día supe que buscaban a una de nosotras para enseñar a aquella criatura cuya discapacidad física no era grande, pero su falta de atención

    sí. No lo dudé. Durante dos veranos nos bañamos juntas. El chófer aparcaba en la puerta y su mamá la acercaba a la piscina donde la esperaba. Casi a la fuerza le quitaba el vestido, le ponía un bañador azul y le untaba la nariz de cremita. A partir de ahí era mía. Se trataba de quitarle el

    miedo al agua y poco a poco logramos el objetivo. Una hora duraba el baño. Durante ese tiempo la mujer se sentaba en el borde de la piscina protegida por una sombrilla, sin perder de vista a su hija. Fue la primera vez que tuve

    consciencia de estar con una niña discapacitada y evidentes rasgos autistas. Recuerdo que a mi alumna le encantaba a música y que cantaba bajito, como a lo suyo, por tanto chapotear era para ella más atractivo si había ritmo. Esa

    fue mi baza. La tabla acuática que sostenían sus brazos corpulentos

    no dejaba de hacer sonar el ritmo de mi mano mientras me correspondía feliz con unos risueños y maravillosos ojos azules, verdosos, unos de los más bonitos que he visto jamás. Con el paso del tiempo tuve conversaciones cómplices con la madre en las que intuí el dolor que le suponía el futuro incierto de su hija. No recuerdo si Eli, así se llamaba, tenía hermanos; sabía poco de ellos. Lo que sí supe siempre es que la persona que la traía y la llevaba era su madre. Pasado el tiempo la vida nos separó.

    Ella me regaló un reloj y yo un juego y no volvimos a vernos. Alguna vez pensé qué habría sido de aquella niña, de su vida, de sus cuidados, la gran preocupación materna. Nunca olvidé ni sus ojos, ni su alegría cuando me veía. Pero la vida es muy puñetera y te espera en la esquina. En Navidad acudí a comprar manualidades que jóvenes discapacitados exponen en Adepsi, asociación que atiende a estos chicos. De pronto entre tanta bulla en un rinconcito, bailando sola, estaba ella, Eli. Ya es mayor. La abracé y me miró con extrañeza.

    Su madre no estaba.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     


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    La conocí cuando era una niña. No tendría más de10 añitos. Su madre, una mujer guapa, de piel blanca, ojos azules, alta y delgada, la llevaba a diario a la piscina. Yo era nadadora y un día supe que buscaban a una de nosotras para enseñar a aquella criatura cuya discapacidad física no era grande, pero su falta de atención

    sí. No lo dudé. Durante dos veranos nos bañamos juntas. El chófer aparcaba en la puerta y su mamá la acercaba a la piscina donde la esperaba. Casi a la fuerza le quitaba el vestido, le ponía un bañador azul y le untaba la nariz de cremita. A partir de ahí era mía. Se trataba de quitarle el

    miedo al agua y poco a poco logramos el objetivo. Una hora duraba el baño. Durante ese tiempo la mujer se sentaba en el borde de la piscina protegida por una sombrilla, sin perder de vista a su hija. Fue la primera vez que tuve

    consciencia de estar con una niña discapacitada y evidentes rasgos autistas. Recuerdo que a mi alumna le encantaba a música y que cantaba bajito, como a lo suyo, por tanto chapotear era para ella más atractivo si había ritmo. Esa

    fue mi baza. La tabla acuática que sostenían sus brazos corpulentos

    no dejaba de hacer sonar el ritmo de mi mano mientras me correspondía feliz con unos risueños y maravillosos ojos azules, verdosos, unos de los más bonitos que he visto jamás. Con el paso del tiempo tuve conversaciones cómplices con la madre en las que intuí el dolor que le suponía el futuro incierto de su hija. No recuerdo si Eli, así se llamaba, tenía hermanos; sabía poco de ellos. Lo que sí supe siempre es que la persona que la traía y la llevaba era su madre. Pasado el tiempo la vida nos separó.

    Ella me regaló un reloj y yo un juego y no volvimos a vernos. Alguna vez pensé qué habría sido de aquella niña, de su vida, de sus cuidados, la gran preocupación materna. Nunca olvidé ni sus ojos, ni su alegría cuando me veía. Pero la vida es muy puñetera y te espera en la esquina. En Navidad acudí a comprar manualidades que jóvenes discapacitados exponen en Adepsi, asociación que atiende a estos chicos. De pronto entre tanta bulla en un rinconcito, bailando sola, estaba ella, Eli. Ya es mayor. La abracé y me miró con extrañeza.

    Su madre no estaba.

     

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