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Marisol Ayala

La periodista Marisol Ayala es una de las firmas más reconocidas y seguidas de la actualidad de Canarias desde hace más 30 años, 25 de ellos en La Provincia. Hace cuatro años se bajó de la vorágine de la prensa diaria y dejó el periódico La Provincia, rotativo al que le unen lazos sentimentales. Hoy...


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  • 11
    Junio
    2017

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    Sociedad Las Palmas

    Padre verdugo

    Lleva años armándose de valor para contar lo que hasta hoy no se ha atrevido a relatar salvo a los íntimos. Su vida ha sido tan dura, cruel, que ya ha habido conversaciones para llevarla a un documental, pero él se resiste. Es desconfiado con razón y por eso para meterse en esa dolorosa aventura exige que los que le quieren bien estén a su lado. Esos que le conocen, los que valoran los pros y los contras de airear su dura realidad, los que le aconsejan no ir más allá.

    Contar lo que necesita contar salpicaría a muchos; las patas de su banco vital incluyen historias de maltrato desde la niñez, episodios de una Iglesia en la que fue violado como monaguillo y el reproche mudo a quienes, su familia, conociendo su desamparo infantil no lo protegieron convirtiendo su vida en un infierno. Hoy roza los setenta años y hace dos semanas lo escuché sollozar como jamás lo había escuchado. Ese día como tantas veces contó episodios dolorosos. No entiende como siendo un niño lo dejaron a merced de su verdugo, su padre, ese que nunca lo quiso y que volcó toda su ira en su hijo. Un cabrón. Palizas, insultos o echarlo de casa por un recado mal hecho. La llegada al mundo de un bebé no querido es el origen de tanta crueldad. Vivió años de terror y desde que pudo huyó pero fue a caer en el Seminario en el que primero fueron toqueteos y más tarde lo que se imaginan. Tenía pocas salidas; su familia atemorizada por el ogro miraba para otro lado y mi amigo se vio obligado a sortear sotanas abusadoras para poder sobrevivir hasta que abandonó la fábrica de curas. Si hablara ardía Troya.

    La crueldad llegó a tal extremo que le tiraba la comida de la mesa, castigo que ampliaba a su mujer si el chiquillo llegaba tarde. En fin, cualquier excusa era válida para sacar el palo. El hombre tiene grabadas sus noches infantiles en la oscuridad de las plataneras porque la puerta de casa se cerraba a cal y canto. Adora a su anciana madre y solo eso le frena para contar su vida aunque también a ella le reprocha no haberlo protegido del animal. De esa crueldad tampoco se libró mamá.

    Ha sido un empresario de éxito pero no respirará hondo hasta quitarle la careta a los que tanto daño le hicieron. Estén vivos o muertos.

    Nosotros estaremos a su lado. Siempre.

     

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