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La felicidad está en los temporales

El filólogo José Ramón Betancort Mesa es autor de una obra gozosa que tiene sus raíces en los cuentos de su padre marinero

La felicidad está en los temporales

La felicidad está en los temporales

El señor de la derecha, sí, el ser de aires socarrones apoyado sobre un muro que da a la playa, no ha dejado de habitar un cuento felizmente interminable. Puede que sea por eso que se adivina una ensoñación perenne en su mirada. Quién sabe, pero el rastro de una memoria ensalitrada es patente en José Ramón Betancort Mesa (Arrecife de Lanzarote, 1966), autor de El año de las cucas volonas y otros relatos, un libro muy celebrado por quienes lo han leído, gentes que jamás sospecharon que semejantes bichos pudieran ser bienvenidos.

"Los recuerdos más poderosos de mi infancia están asociados a los regresos de mi padre a Arrecife, después de estar en el mar más de cuarenta días como patrón de pesca en los barcos de la flota lanzaroteña que faenaba en la costa africana. Entre las alegrías de aquellos días gloriosos estaban los cuentos que me contaba al amanecer, y no al acostarme como sería lo obvio. Antes de que amaneciera, me metía sigilosamente en la cama de mis padres y, muy bajito, para que no se despertara mi madre, yo le decía: 'Papá, hazme un cuento. Uno de un niño y una ballena'. Él encendía un cigarro y comenzaba la narración fabulosa, mientras mi vista perseguía en la oscuridad la luz rojiza del cigarro en su mano", rememora.

"En aquellas historias inventadas", añade, "siempre había un niño (que era yo) y un perrito que, tras embarcarse por alguna adversidad, sufrían grandes temporales, desgracias, pérdidas y toda clase de aventuras en un mar lleno de peligros en forma de tormentas, tiburones, morenas, pulpos, maromas y donde no faltaba jamás una enorme ballena. Finalmente, tras muchos avatares, regresaban sanos y salvos a Porto Naos" y él se sentía "el niño más feliz del mundo".

Se podría afirmar sin temor a equivocarnos que tampoco ha naufragado en el océano de las letras. Este filólogo y técnico de Cultura del Cabildo de Lanzarote inició una línea de investigación centrada "en el análisis del humor como estrategia literaria" en su etapa como profesor de Crítica Literaria en La Universidad de La Laguna. Y el barco sigue la misma ruta. Su literatura regala una lectura gozosa, algo que ya se comprobó en Sesenta kilos de tomates con su "argumento afiebrado", según palabras del escritor y prologuista Ángel Fernández Benéitez, y que se refrenda en las historias inverosímiles en el Arrecife "onírico y delirante" de El año de las cucas volonas y otros relatos.

Surge una duda que le trasladamos de inmediato al autor. ¿Se parece ese Arrecife disparatado al Macondo de García Márquez? "No se parecen en nada y se parecen en todo al mismo tiempo. Escribí estos relatos con el firme y enfermizo propósito de reivindicar para Arrecife un espacio dentro de los parámetros de la geografía de lo literario. Para ello, recurro al territorio de mi idealizada niñez en Valterra, el Charco de San Ginés o Porto Naos. Allí construyo, utilizando las mismas estrategias del arte de contar que utilizaba tanto García Márquez como mi padre, historias inverosímiles y absurdas en un Arrecife a medio camino entre lo real y lo ficticio. Por eso Zebensuí Rodríguez argumenta en el prólogo que yo refundo Arrecife como "una versión canaria de la de metáfora macondiana"; pero, en realidad, yo lo que busco es construir un Arrecife nuevo, atlántico, luminoso y divertido, en el que cabe tanto una despampanante vedette barcelonesa pronosticando el futuro como una apocalíptica plaga de cucas volonas que entierra la ciudad", aclara.

Para chincharle, le comentamos que si pretende acaso ser una especie de Tolstoi subtropical, ya que el escritor ruso dijo aquello de "si quieres ser universal habla de tu aldea". "A Lanzarote se la identifica con un territorio volcánico, desértico e inhóspito, pero que ha inspirado y condicionado la obra de muchos escritores e intelectuales como Agustín Espinosa, Ignacio Aldecoa, Rafael Arozarena, Miquel Houellebecq o José Saramago. En sus textos, nuestro paisaje insular se convierte en una singular plataforma que permite articular un discurso literario que, al fin y al cabo, habla de cuestiones universales. Por tanto, sí que comparto esa afirmación de Tolstoi de construir la configuración de lo universal desde lo local", reflexiona.

Dicho esto se va. Junto al lugar que ocupaba sobre el muro de piedra basáltica quedan esparcidas unas cenizas que bailan al viento. Deben ser las del eterno cigarro de su padre en la oscuridad. n

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