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Cine

El mal doliente del cine español

La industria nacional, a pesar de puntuales triunfalismos, sigue de capa caída, aún produce muchas más películas de las que el mercado cinematrogáfico realmente admite

Escena de 'Perfectos desconocidos', de Álex de la Iglesia.

Escena de 'Perfectos desconocidos', de Álex de la Iglesia. LP / DLP

Arranco con unas cifras muy elocuentes: en 2016 se produjeron en España 254 películas. Obtuvo una cuota del 26,8 % en nuestro país. Tres títulos ( Un monstruo viene a verme, Julieta y Palmeras en la nieve -rodada en parte en Gran Canaria) estuvieron entre los 25 más vistos de Europa. El total de recaudación de nuestro cine aquí fue de 110 millones. El cine francés, por su parte, con 283 películas producidas logró un 35,8 % de cuota en su país y, sobre todo consiguió que 10 de sus títulos estuvieran entre los 25 más vistos de Europa.

La diferencia no parece abismal. Vamos con otro dato más esclarecedor: De las 254 películas producidas en España sólo se estrenaron 188. Y de éstas, las 20 que recaudaron más sumaron 84 millones. Las 10 últimas, ??? euros en total, o sea, seis espectadores por película. Un año atrás, en 2015, apartando al pelotón de cabeza, 168 películas sumaron en total, ocho millones. O sea, una media de 78 euros por título.

¿Son datos esos para sacar pecho? En absoluto. Lo que muestran, sin duda, es una producción desbocada y una audiencia que sólo responde a estímulos muy fuertes y puntuales. La solidez y proyección internacional de J. A. Bayona, el quien tuvo retuvo de Almodóvar o el tirón literario de Martinez de Pisón.

Si las recaudaciones muestran un desequilibrio brutal, la justificación más socorrida en casos similares es apelar a la calidad del cine producido. Hay sin embargo una vara de medir incuestionada: los galardones. Veamos. El más llamativo, el Oscar a la mejor película de habla no inglesa recayó en una producción española por última vez en 2004 ( Mar adentro, de Amenábar). Desde entonces, desde hace trece años, ni siquiera hemos entrado en las finalistas.

En Europa tampoco levantamos cabeza. La Palma de Oro de Cannes no tiene acento español desde 1961 ( Viridiana, de Buñuel). En la Berlinale, ídem, el último Oso de Oro se remonta a 1983 ( La colmena, de Mario Camús). En cambio países con industrias audiovisuales más modestas como Irán, Perú, Rumanía o Sudáfrica sí han obtenido el galardón. En Venecia, el tercer gran referente, nos limitamos a un León de Oro benéfico a Buñuel en 1969. Los jurados de los festivales, recordemos, lo forman cada años un combinado de prestigiosos profesionales del gremio.

Humildad

Para resumir hasta ahora recurro a un (fácil) símil deportivo. Vamos de gallitos, aspiramos a mucho, nos gastamos mucho dinero, pero ni estamos ganando títulos ni llenamos los estadios con regularidad. ¿Tenemos arreglo?

Por supuesto que sí. Aunque las soluciones son de perogrullo, las expongo. Lo primero es una cura de humildad. No lanzar cohetes por éxitos puntuales como el de Bayona. Lo segundo una cura de realismo. El elevadísimo número de producciones y consiguientes fracasos es un síntoma de quijotismo. Todos se creen muy buenos, todos se lanzan a producir sus películas sacando el dinero de bajo las piedras. Todos, tras el batacazo, se consuelan con las retahílas habituales. "Lo he intentado pero no ha habido suerte". "El cine americano es una apisonadora"... Mucha excusa, poca autocrítica desde el nivel más básico e importante, el guión. ¿Es original, tiene personajes atractivos o potentes, hay un tema reconocible e interesante?

Lo siguiente (vuelvo al deporte) es arremangarse y trabajar la cantera. Los políticos podrían, deberían, echar una mano rebajando el IVA en la Península. Lo acaban de hacer con los toros (10 % frente al 21 del cine, teatro y música). Una injusticia, vendetta por el apoyo hace años a Zapatero. Con ese IVA alto y mínimo apoyo, el gobierno actual pretende que impere el libre mercado, sabiendo de sobra que el cine norteamericano es una apisonadora. Si se lograran aparcar partidismos y desconfianzas, el tercer paso sería reactivar, reformar el ICAA (Instituto de Cine y Artes Audiovisuales), para apoyar a productores y creadores. El ejemplo es el CNC francés, con éxitos fuera de duda. Nuestros vecinos llevan años logrando que la cuota de su cine esté en torno al 35 %. El año pasado 10 de sus títulos estuvieron entre los 25 más vistos de Europa. Y sólo fuera de Francia lograron recaudar 350 millones de euros. Y un último motivo: si muchos otros sectores (automovilismo, transporte, agricultura, minería) reciben generosas subvenciones, ¿por qué arrinconar la cultura?

Todo esto es un brindis al sol, lo sé. Un ladrido desde la barrera. Visto de otro ángulo callarse es de cobardes. Si nadie se queja nadie reaccionará, poco mejorará el cine español en calidad y atractivo para los espectadores.

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