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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Teatro

‘El Golem’ refleja la manipulación de las palabras en épocas de crisis

La obra, dirigida por Alfredo Sanzol y protagonizada por Vicky Luengo se representa el sábado y domingo, a las 19.30 horas, en el Cuyás

Vicky Luengo y Alfredo Sanzol, ayer, en el teatro Cuyás, poco antes de la presentación de la obra.

El Golem, de Juan Mayorga «refleja la manipulación de las palabras en épocas de crisis». Así lo señaló su director, Alfredo Sanzol, durante la presentación de esta obra que se representará en el teatro Cuyás este sábado y domingo a la 19.30 horas. El montaje, producido por el Centro Dramático Nacional, está protagonizado por los actores Elena González, Elías González y Vicky Luengo. Para Sanzol «se trata de un proyecto que nació de las ganas de Juan Mayorga y mías de hacer algo juntos», y añadió que «en la última versión Mayorga introdujo el tema de la crisis sanitaria». El director hizo estas declaraciones en una presentación a la que acudieron la consejera de Cultura del Cabildo grancanario, Guacimara Medina; el director de Teatros del Cabildo, Gonzalo Ubani, y la actriz Vicky Luengo.

Para Sanzol, el objetivo del dramaturgo madrileño era «ver hasta qué punto nos podíamos encontrar en una situación de desprotección». El argumento parte de que Ismael, que sufre una rara enfermedad, está a punto de verse obligado a abandonar el hospital en que lo han venido tratando. Sucede entonces que Felicia, su esposa, recibe de Salinas, empleada del hospital, una inesperada propuesta: Ismael conservará su cama y seguirá recibiendo tratamiento si ella memoriza un texto. Y Felicia se mete en este mundo de Salinas, que es muy opaco «y empieza a convertirse en una especie de laberinto, un lugar donde la desorientación es muy importante porque se está convirtiendo en otra persona». Para el director «hay un pensamiento de Mayorga que se resume en hasta qué punto las palabras que digo son mías o no de otros y si soy un cuerpo habitado por palabras mías o de otras personas». Pero en la obra hay un estilo de thriller, misterio, con conexiones con Kafka, donde todos los elementos juntos toman una apariencia muy extraña.

«Yo digo que está construida de forma alborescente», señaló el director. «Empieza por una trama clara y y pasa a sudividirse en ramas y a componerse un mundo que si fueras una hormiga no podrías volver a él aunque quisieras porque sería imposible». Pero, precisamente, «esa pérdida es el placer de la obra, dejarse llevar por algo a lo que pones mucha atención pero no sabes donde estás».

Vicky Luengo recordó que las del Cuyás son «nuestras dos últimas funciones» y cómo el montaje, tras dos semanas en el María Guerrero, ha pasado por Santander, Avilés o Murcia. «Cuando hicimos la obra por primera vez, me dije que tenía que aprender a hacer esto con mi cuerpo porque la angustia es tan grande que me tenía que acostumbrar, pero estoy muy orgullosa de formar parte del espectáculo porque es un equipo especial, a pesar de no ser fácil y ser una apuesta valiente». La actriz recordó que su personaje hace una transformación «y la música y la escenografía me ayudan a afrontar esa pérdida», aunque reconoció que «cuando vi el texto la primera vez no sabía por donde empezar a desgranar lo que estaba leyendo, pero me hipnotizó muchísimo y que era un personaje complicadísimo de hacer pero que era un reto que tenía que sacar adelante». Luengo afirmó que «hay gente que, tras verla, decía ‘no sé lo que ha pasado, pero me he pegado cinco días pensando en ella».

Para Alfredo Sanzol la obra no es una alegoría del Covid. «Aunque el contexto tiene que ver con una crisis sanitaria que es el desencadenante que hace que se active la acción, está más relacionado con el peligro en el que vivimos las sociedades cuando en crisis hay alguien que puede hacerse con las palabras para activar a la sociedad de un modo u otro, el peligro de la manipulación de las palabras, la posibilidad de transformar a los individuos». Es cuando «a veces nos seguimos seguros en un status quo que nos ha costado crear pero la obra muestra su fragilidad real». El director reconoció que «cuando lo paso bien la complicación se me olvida, pero hemos trabajado muchísimo para crear este tipo de atmósferas».

La complejidad de la escenografía «la hemos ido cerrado en los ensayos y hasta que encontramos el concepto del espacio pasaron muchos meses de trabajo y surgió este hospital que tiene una personalidad muy fuerte, porque es muy oscuro, se mueve, se transforma, como un monstruo vivo, genera unas transiciones largas que te da tiempo a situarte en lo que has visto antes». La escenografía es una estructura de carros con diferentes elementos, que parecen muy sencillos, «pero dan la sensación de que las paredes van cambiando, con composiciones espaciales muy sorpresivas para que parezca que está vivo». El director reconoció que con Juan Mayorga «tengo una relación de admiración desde hace años, pertenecemos a mundos totalmente diferentes, pero yo admiro su trabajo, que es muy específico, tiene un lenguaje y un mundo y unas referencias alucinantes y eso es lo que me gusta y por eso ese deseo de trabajar juntos».

Por otro lado, «a él le gusta mi trabajo y eso facilita la comunicación porque este tipo de colaboraciones artísticas lo que demuestran es que no es necesario que la sociedades tenga que uniformizarse para ir bien, que realmente en la diversidad más grande uno encuentra el placer de encontrarse con otro, y esas galaxias diferentes es lo que produce el encuentro de dos que no son iguales. Por eso lo bueno son esas diferencias y admirarse». Y añadió que «cuando se vea en perspectiva el trabajo de Juan Mayorga se verán líneas de asuntos que le preocupan», pero El Golem tiene algo de culminación con «respecto a su preocupación por la fuerza del lenguaje, un tema que aparece en otras obras suyas como La lengua a pedazos o Silencio, y aquí ha llegado a una especie de afinar tanto sobre este asunto que ha creado una cosa tan bella y precisa», hasta el punto de asegurar «que este texto se va a estudiar en todos lados dentro de 20 años». Finalmente, Gonzalo Ubani destacó la importancia de poder tener un montaje del Teatro Nacional «para producir un mínimo de confianza del espectador y que el teatrero confíe en el Cuyás». Ubani señaló que se trata «de un teatro empeñativo, que necesita un empeño duro por parte del espectador» y subrayó que «cuando lo lees quedas hipnotizado preguntándote por qué te ha gustado tanto esto que ‘no puedo decir lo que he visto y, al tiempo, sé lo que ha pasado’».

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