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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Un libro condenado al silencio (sin éxito)

El olvido que sufrió Domingo López Torres a la hora de su ejecución es un desentenderse colectivo, un suceso del que nadie quiso saber nada

Juan Manuel García Ramos María Pisaca Gámez

Desde que Mercurio Editorial, la empresa del gran entusiasta Jorge Liria, decidió publicar en enero de 2021 mi novela El delator, esa obra ha sido víctima de dos tratamientos muy distintos, El ataque y la defensa. El ataque de unos y de otros, y la defensa de quienes saben que a la literatura no se le pueden poner puertas al campo. Pero la novela, en cualquiera de los casos, sigue vendiéndose y leyéndose, como demuestran las cifras y las estimaciones que nos llegan por tantas vías.

¿Cómo se te ocurrió, Juan Manuel, poner en cuestión una generación tan emblemática como la de los surrealistas de Tenerife?

Y yo respondo: porque hemos vivido en la mentira durante más de ochenta y siete años.

¿Qué fuentes tienes para decir eso?

El testimonio de un ser humano de carne y hueso, Juan Antonio López Delgado, sobrino del poeta Domingo López Torres. Hijo de la persona que visitó regularmente a Domingo López Torres durante sus siete meses de cautiverio en la prisión de Fyffes y supo de primera mano lo que ocurría dentro de esa cárcel santacrucera.

¿Y qué has descubierto a través de esa fuente oral, tantas veces despreciada por los historiadores ortodoxos?

He descubierto que lo que está escrito en los libros sobre la historia del surrealismo tinerfeño y la conducta de la mayoría de los miembros supervivientes de ese movimiento ante la guerra civil y sus consecuencias es algo muy parcial, cuando no una tergiversación inaceptable.

¿Abandonaron esos miembros a su compañero Domingo López Torres en su encierro en Fyffes y en su posterior asesinato?

Desde luego, unos directamente, otros indirectamente. La excepción es Pedro García Cabrera. Otro sacrificado.

¿Y quién fue más culpable ante ese olvido?

Sin duda Francisco Aguilar y Paz, quien era delegado provincial de prensa y propaganda de la Falange cuando sus correligionarios mataron a Domingo López Torres entre febrero y marzo de 1937, y un año más tarde jefe provincial de la Falange en Santa Cruz de Tenerife. También Agustín Espinosa y Emeterio Gutiérrez Albelo, que militaron en el mismo partido político de Aguilar y Paz, con sus ¿arrepentimientos? ulteriores incluidos. Eduardo Westerdhal y Domingo Pérez Minik hicieron mutis por el foro. Pero todos ellos se desentendieron sin duda de la suerte de su compañero López Torres.

¿Por qué titula su novela El delator, fue en concreto uno de esos miembros del movimiento surrealista quien traicionó a Domingo López Torres?

Aunque hay acusaciones en ese sentido, mantenidas con autoridad por el citado Juan Antonio López Delgado, creo que la delación, el olvido, que sufrió López Torres a la hora de su ejecución en el mar cercano a la isla de Tenerife es una culpa compartida por sus antiguos compañeros, un desentenderse colectivo, un suceso del que nadie quiso saber nada ni en el momento de lo ocurrido ni a lo largo de los años posteriores. Quizá esa sea la noticia que novela El delator y que tantas y tan feroces reacciones ha merecido por parte de militantes de un partido político muy reconocible que no merece ni ser mencionado, pues se pasó cuarenta años de franquismo de vacaciones. Hemos vivido en la mentira durante mucho tiempo.

Tengamos en cuenta algo más. Un año después del asesinato de Domingo López Torres, durante la toma de posesión de Francisco Aguilar y Paz como jefe provincial de la Falange en Santa Cruz de Tenerife, el nuevo cargo pronuncia estas cínicas palabras para agradecer su nueva jerarquía ante la algarabía de sus compinches: «nosotros no hemos venido a perseguir a nadie, a estar mirando a las caras para ver si aquel es más o menos rojo. Nosotros no tenemos tiempo porque la camisa azul ha venido a realizar un Movimiento que no nos permite pararnos a […] estúpidas consideraciones, en comentarios de calle».

Esas son sus palabras textuales del discurso del 27 de febrero de 1938. Apenas hacía un año que Domingo López Torres, compañero de redacción de Gaceta de Arte del alto mandatario fascista que pronunciaba esta alocución, había sido ahogado sin misericordia por falangistas y franquistas en el litoral tinerfeño, un día impreciso entre fines del mes de febrero y primeros días de marzo de 1937.

El mundo luego siguió girando y una losa inmensa cubrió el sepulcro inencontrado e inencontrable de López Torres y su misma existencia como ciudadano y creador. El delator pretende releer parte de esa historia postergada. Y en ese intento, ha pagado su precio ante los nuevos inquisidores e inquisidoras (y esta vez bien vale el no usar el inclusivo masculino) de nuestro tiempo. Sin sacrificio, no hay victoria. Como nos dejó dicho Santa Teresa de Jesús, «la verdad padece, pero no perece».

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