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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Antidisturbios, la serie del año en cinco claves

El controvertido trabajo de Sorogoyen se convierte en sensación de la temporada - Pese al aplauso general, sindicatos de policía lo han considerado “basura”

Roberto Álamo, a la derecha, en un momento de la serie.

Con permiso de Patria, y a la espera del estreno el 29 noviembre de 30 monedas, de Álex de la Iglesia, la serie del año debería ser Antidisturbios, el electrizante y controvertido thriller policial de Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña para Movistar+. Y no decimos serie española, sino serie en general, porque la propuesta de los creadores de El reino supone un formidable salto cualitativo en la de por sí brillante ficción serializada realizada aquí en los últimos tiempos.

En la serie, de seis episodios y estrenada el pasado día 16, un grupo de antidisturbios ejecuta un desahucio en Madrid que acaba en tragedia. A partir de esta premisa, y de la investigación posterior a cargo de una agente de asuntos internos, Sorogoyen y Peña vuelven a zambullirse en las cloacas del Estado para denunciar las putrefactas madejas de la corrupción institucional. Público y crítica la han recibido con aplausos unánimes por su osadía temática y formal; sindicatos policiales la han considerado «basura». Este diario ha querido analizar las cinco razones por las que Antidisturbios es la sensación de la temporada.

El tinerfeño Álex García, uno de los protagonistas de la serie

El tinerfeño Álex García, uno de los protagonistas de la serie Movistar Plus

Las interpretaciones

Elegir a los integrantes del furgón antidisturbios era uno de los elementos clave para que todo el dispositivo generado en torno a ellos no se viniera abajo. En ese sentido, los seis intérpretes que conforman la unidad (Hovik Keuchkerian, Raúl Arévalo, Roberto Álamo, Álex García, Raúl Prieto y Patrick_Criado)_funcionan a la perfección y se complementan para reforzar todas contradicciones que genera su trabajo, entre la ebullición de hormonas masculinas y la violencia que integran en su día a día.

Igual de importante era encontrar a la agente de asuntos internos Laia Urquijo, que poco a poco se irá adueñando de la narración para convertirse en figura clave de la serie. Vicky Luengo impresiona con esa mezcla entre fragilidad y fortaleza a la hora de dar vida a una mujer en un mundo de hombres que tiene que luchar por defender sus principios y no dejarse arrastrar por la vorágine de tramas ocultas que ocurren a su alrededor.

Mano para el ‘thriller’

En Que Dios nos perdone y El reino, Sorogoyen había mostrado su habilidad a la hora de acercarse al thriller de acción. Sin embargo, en esta ocasión contaba con más espacio para experimentar, con seis capítulos que le daban la oportunidad de componer una concepción estilística que lo cohesionara todo al mismo tiempo que podía introducir variantes formales dependiendo de cada uno de los episodios. De los seis episodios, Sorogoyen ha dirigido cuatro, mientras que los otros dos (el tercero y el cuarto) han recaído en su amigo y viejo colaborador Borja Soler, codirector de su ópera prima, Stockholm. En general la apuesta consiste en acercar lo máximo posible la cámara al rostro de los personajes en los primeros capítulos hasta casi deformarlos. Eso conlleva que las set-pièces de acción sean mucho más físicas, más asfixiantes para el espectador, ya que nos encontramos en el epicentro mismo de, pongamos, un desahucio.

A lo largo de los episodios, la cámara se irá distanciando poco a poco de los personajes para tomar una visión de conjunto. Eso no quiere decir que el director abandone las virguerías formales. Atención a ese plano secuencia de 17 minutos en el capítulo seis con la última cena de los antidisturbios, antes de que algunos de ellos tomen rumbo al barco Piolín; o esa carga nocturna contra los hinchas radicales del OM en los alrededores del Bernabéu, al ritmo de la música electrónica de su estrecho colaborador Olivier Arson.

El sello naturalista

Una de las muchas virtudes de Que Dios nos perdone era el formidable verismo que transmitía como thriller policial con asesino en serie de ancianas en el Madrid del 2011, en plena visita de Benedicto XVI y con el 15M en total ebullición. Entrevistado por este diario en el Festival de Sitges del 2016, el director madrileño nos explicaba: «No termino de conectar con los cineastas que huyen de lo natural. Con Isabel [Peña] trabajamos mucho los diálogos para huir de lo peliculero e ir a lo naturalista. Cuando veo a dos personas hablando como se supone que hablan los seres humanos, me los creo mucho más».

La reflexión debe aplicarse al cien por cien a Antidisturbios, cuya sensación de realismo, sea en el modo de expresarse de los personajes, en los detalles de sus vidas cotidianas o en las escenas de acción, contribuye a que el espectador entre en la historia a modo de experiencia inmersiva casi documental. Es que no te queda más remedio que creértelo.

Alex García, uno de los protagonistas de la serie durante su trabajo. Movistar Plus

La valentía

A Sorogoyen y Peña siempre les ha interesado escarbar en todo aquello que se esconde tras la cortina de las apariencias. Una cosa es la imagen que se ofrece de cara a la galería y otra muy distinta desenmascarar la verdad y revelar los intereses particulares más oscuros. Esa característica la encontramos en su cine desde Stockholm hasta Que Dios nos perdone, pero en El reino dieron un paso más allá a la hora de adentrarse en las entrañas del poder, en sus tejemanejes, en sus cajas B, en la descripción de las personas que mueven los hilos en la sombra.

En esta ocasión, los antidisturbios solo serán una especie de títeres que utilizarán las altas esferas para tapar sus operaciones de corrupción en un momento de brutal efervescencia de la historia reciente de España. La serie se sitúa entre el 2016 y el 2017. Escuchamos a Mariano Rajoy hablar por la radio de la situación en Catalunya previa al referéndum del 1-O. Escuchamos también a Jordi Cuixart. Poco a poco nos iremos adentrando en esa tupida red de mentiras y ocultamientos a través de personajes tan siniestros como el de Revilla, un trasunto del comisario Villarejo metido en todos los complots. Es la trama más arriesgada y la que nos acerca de manera más sibilina a la realidad política de nuestro país en los últimos años y que corona el último episodio de manera tan ambigua como magistral.

La imagen

Cuando se supo que Sorogoyen y Peña preparaban una serie sobre las Unidades de Intervención Policial (UIP) menudearon las dudas sobre su último propósito, a pesar de que la pareja de creadores ya había buceado antes a mar abierto en las cloacas del Estado. ¿Acabaría siendo un lavado de imagen para unas fuerzas policiales marcadas por el desmesurado uso de la fuerza en, sin ir más lejos, el 15-M o 1-O? En este sentido, la respuesta es un no rotundo.

Cierto es que la actuación policial es solo la percha para que Sorogoyen y Peña se lancen al cuello de los más poderosos, pero aun así el retrato de los agentes es poco complaciente: agentes con tendencia a los brotes de agresividad y ansiedad, acosadores, machirulos, testosterónicos, consumidores de cocaína en su ocio nocturno y de calmantes aliviar el dolor físico… Dos sindicatos policiales, el Jupol y el SUP, han manifestado su rechazo a la serie a través de Twitter, denunciado que es «una auténtica basura», que «ofende a 2.500 compañeros con mentiras y clichés» y que está «muy alejada de la realidad». No tienen en cuenta que se trata de una ficción, aunque eso, en fin, es otra historia.

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