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Moya

El jardín de los eucaliptos gigantes

Chano Corvo construyó un hermoso edén en su finca de la Montaña

Puerta de entrada a la finca La Corcova, en Moya, que guarda en su interior el Jardín de Corvo. J. M .B. C.

En la orilla de la carretera que va desde la villa de Moya a Fontanales se encuentra, a unos tres kilómetros antes de llegar a este último pueblo, el Jardín de Corvo, que llama la atención por la gran altura de sus eucaliptos. En torno a este espacio existe una historia entrañable y romántica.

La investigadora y genealogista María del Carmen Castellano García, que colaboró en el libro El Indiano Juan Castellano, patriarca de las Medianías estuvo indagando en el Museo Canario sobre la Casa de Corvo, y encontró una referencia del magistral José Marrero y Marrero, relacionada con la historia de Moya. Pero también hay unas publicaciones, muy bien documentadas e ilustradas, realizadas por José Miguel Alzola, Premio Canarias-1999 e Hijo Predilecto de Las Palmas de Gran Canaria. Era también pariente de los González Corvo y fue presidente del Museo Canario. Una de sus obras se titula Don Chano Corvo: crónica de una jardinero y su jardín, y otra, Biografía de una calle: La Peregrina. En la esta última, se detallan historias de ilustres familias que vivieron en ese lugar de transición entre Triana y Vegueta.

La Casa de Corvo tenía ya posesiones en la zona de medianías del municipio de Moya antes de 1822, según consta en el acta de montes y baldíos de la llamada Selva de Doramas (o de los que de ella quedaba). Se indica en ese documento que "fue agraciado con una suerte don Miguel González Corvo", que tenía propiedad en el pueblo y disfrutaba de muchas temporadas en este hermoso edén.

Por medio hay una trágica historia ya que la casa fue incendiada en 1823 por los 4.000 amotinados de Teror, Valleseco, Firgas, Arucas y San Lorenzo que defendían el Monte de Doramas, azuzados por algunos frailes, cuyos conventos poseían fincas y por los "serviles". La protesta se produjo porque los caciques estaban desforestando el paradisíaco bosque. En el fondo, había cuestiones políticas, como la lucha entre los absolutistas y los liberales. Terminó con el fusilamiento de Matías Zurita, el 13 de septiembre de 1823, que era el presunto jefe de la rebelión. Pero esta es otra historia.

Recuérdese que la consumación del despojo de la montaña de Doramas se produjo cuando en 1831 le fue concedida la finca de San Fernando al último capitán general español en Venezuela, Francisco Tomás Morales, nacido en Carrizal de Ingenio. Un salinero, medio analfabeto, que aprendió a leer y a escribir tras su emigración a América, alcanzando un alto grado militar en el citado país sudamericano. Es una historia de superación personal, en la que no faltaba tampoco el arrojo y la valentía, aunque a veces salpicada de crueldad, según sus biógrafos.

Volviendo al tema de los Corvo, después de la mencionada refriega de los amotinados, la finca de esta familia quedó abandonada por sus dueños y la dejaron en manos de medianeross arrendatarios.

El artífice del milagro que más tarde ocurrió en aquel lugar fue Sebastián González y Corvo de Quintana, llamado también Chano Corvo. Los primeros Corvo, procedentes de las cercanías de la ciudad portuguesa de Coimbra, residieron en Tenerife desde el siglo XVI. Luego,algunos de sus miembros se establecieron en Las Palmas. Don Chano Corvo era "un caballero rico, culto, con talento y delicadeza", escribía el magistral Marrero, que fue su amigo. Tenía un espíritu de artista que encontró a un alma gemela a la suya. "Un ángel en forma de mujer", la describe el cronista, que poco de iniciar su romántico enlace falleció. "Se quedó sin el aroma de su delicada flor, sus pétalos cayeron cuando estos cuerpos estaban entrelazados por el lazo del amor que se fueron eternamente", escribía José Marrero.

Un refugio para mitigar la pena

Cuando su novia, María del Pino Quesada, murió la víspera de su boda, González y Corvo abandonó sus negocios, no se interesaba por lo que ocurría a su alrededor y se refugió en La Corcova, la finca de Moya, a partir de 1879. Después amplió la vivienda, la casa solariega en la que habitaba, alrededor de la cual existía también una capilla. "Trajo los recuerdos de su amor y los colocó en el altar: joyas, cintas y los cabellos dorados como el maduro trigal", señala el magistral Marrero.

Chano Corvo diseñó su famoso jardín, inspirado principalmente, en las visitas que realizó al Jardín Botánico de París. Adquirió plantas jóvenes para llevarlas a Canarias; compró semillas y tomó contacto con expertos cultivadores y viveros especializados.

La propiedad, dedicada a cultivos ordinarios, se fue transformando poco a poco, bajo su dirección, convirtiéndola en uno de los más bellos jardines de Gran Canaria. A los campesinos vecinos de su finca les extrañaba que aquel hombre se dedicara a plantar árboles, cuando ellos tenían sus tierras desprovistas de árboles para plantar solamente papas, hortalizas y cereales, indispensables para su subsistencia.

Así que Corvo empezó a plantar robles, plátanos del Líbano, pinos y en las tierras más pobres, eucaliptos. Alrededor de la casa colocó dragos, mocanes, lentiscos, barbusanos, viñátigos, laureles, y escobones, como si fuera una representación de la flora endémica que los grandes terratenientes habían hecho desaparecer de la Montaña de Doramas y alrededores.

Construyó tres invernaderos, setos y paseos con flores . Creó una hermosa rosaleda una y un cenador cubierto de hiedra, culantrillos, macizos de hortensias, geranios, claveles (protegidos por bordes de romero), begonias y una acequia, cuya agua discurría entre heliotropos y embelesos. Cuando hubo finalizado su obra, venía gente de Las Palmas y de otros lugares de la Isla a ver este paraíso.

Allí encontró Chano Corvo la paz y el sosiego que buscaba después de los muchos desencantos y tristezas que había experimentado. Como escribía el magistral José Marrero, la casa y jardín de la Corcova se convirtió "en el refugio de sus glorias pasadas y recuerdos, bálsamo de su espíritu, cuidando celosamente con delicado trabajo personal, este rincón, digno de guardar tan grandes tesoros, que custodió hasta el final de sus días".

Pasados unos años de la muerte de su primera novia se llevó a vivir con él, en su casa de campo, a María Guadalupe Cabral, que vivía en la calle de La Peregrina. Luego se casó con ella. Chano González-Corvo compró una casa, al lado de su hermana Pino. Estaba en el número 13 de la citada calle y era donde se refugiaba, principalmente los inviernos porque en la Montaña hacía mucho frío y ya se estaba haciendo viejo. Además, parece que a su esposa no le gustaba mucho permanecer en aquel lugar tan apartado, lejos de su círculo de amistados y mal comunicado en esa época.

Chano González y Corvo de Quintana falleció el 31 de marzo de 1925. Después de su muerte, su querido Jardín de Corvo quedó abandonado y en poco tiempo ya no quedaba de él ni sombra de lo que fue. A su muerte, el magistral Marrero escribió: "Murió don Sebastián González Corvo como si hubiese sido el alma de su jardín, han desaparecido con él todas las plantas y flores que eran su delicia y encanto. Hoy, al visitar la Finca de Corvo, sentimos las hondas tristezas que nos invaden al contemplar las grandes ruinas: la tristeza de las bellas cosas muertas".

En los tiempos modernos este lugar, que ha recuperado parte de su pasado esplendor como muestran con su enorme porte los eucaliptos que plantó Chano Corvo, sigue siendo un refugio, el lugar de retiro y comtemplación de Ono Flick, de la familia alemana concesionaria de la Casa Mercedes residente en Gran Canaria. En la finca se producen en la actualidad variados frutales y se han realizado reformas importantes en la casa y en la capilla.

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