¿Qué ocurrió para que la mayor catástrofe natural de Lanzarote -las erupciones volcánicas acontecidas entre 1730 y 1736- produjera pocas décadas después de la devastación un 'milagro' en la población y la economía insulares?

Fue el proceso volcánico más largo en tiempos históricos que vivió Europa y que dio origen al Parque Nacional de Timanfaya: duró 2.056 días; cubrió una superficie de 174 kilómetros cuadrados del suroeste de Lanzarote (la cuarta parte de la Isla); afectó directamente a unos 2.000 vecinos, casi la mitad del censo poblacional de entonces; sepultó 12 aldeas y 15 pagos en las zonas más fértiles y destruyó la mayoría de viviendas; los vecinos huyeron a otras zonas como la actual Tías (este), que se fundó con desplazados del volcán, refundaron Mancha Blanca en el oeste, y se asentaron en Tinajo (oeste), San Bartolomé (centro), Yaiza (sur) y Los Valles (norte), entre otros pagos que vieron incrementado su censo poblacional tras seis años de explosiones, coladas y cenizas.

En casi cuatro décadas se duplicó la población de Lanzarote al pasar de los alrededor de “4.967 habitantes en 1730, hasta caer a unos 2.500 en el momento de máxima intensidad de las erupciones (marzo-mayo de 1731) y recuperarse y expandirse de forma sorprendente a 9.705 habitantes en 1768”, detalla el doctor en Historia y arqueólogo José de León Hernández en su trabajo Territorio, recursos y patrimonio edificado destruidos por los volcanes en el siglo XVIII en la isla de Lanzarote.

La emigración

Los ríos de lavas también propiciaron que centenares de lanzaroteños emigraran a partir de 1731 de forma “clandestina” a Fuerteventura, “lo que alarma a las autoridades de esa isla por el descontrol y el paso de ganado sin marcas”, América e incluso Filipinas, señala De León.

Se intentó controlar la marcha de la población de Lanzarote, pero a medida que aumentaban las erupciones, se barajaron “medidas más excepcionales, como la evacuación casi total de la isla, dejando un retén de 200 o 300 hombres para garantizar su seguridad frente a posible ataques enemigos”.

Si tras la Conquista de Lanzarote, la vida en la Isla se tornó especialmente dura en los siglos XV y XVI por largas temporadas de plagas y sequías en un territorio que es tan árido como el Sáhara, “por las constantes entradas de piratas, los saqueos de aldeas y el rapto de muchos habitantes”, la irrupción de los volcanes ahondó el drama que, por otro lado, trajo cosas positivas: la revolución agrícola en terrenos cubiertos por la ceniza volcánica (rofe, picón, arena o lapilli) cuyo innovador sistema aún hoy persiste y dio de comer a Lanzarote hasta bien entrado el siglo XX.

De León recuerda que “la isla se especializará a lo largo del siglo XVII en una economía basada en la producción de granos, que se exportaban preferentemente a las islas de Tenerife, La Palma y Madeira”, actividad que se complementó “con algunos cultivos para el consumo local y sobre todo con la ganadería”, aunque “también la sal y la orchilla iban a jugar un papel destacado”.

El primer año de la erupción, 1730, “fue bueno en la producción de cereales y los granos en septiembre [el día 1 comenzó la explosión] ya habían sido recogidos y cerrados en pajeros. Una de las preocupaciones de la población fue poner a salvo las reservas alimenticias”, destaca De León. Añade que, “no obstante, a lo largo de los años que duran las erupciones se produce la pérdida de algunas de las mejores vegas y fincas de la isla”.

La malvasía que llegó de Grecia

Pero del ingenio del campesino lanzaroteño brotó “la impresionante obra de ingeniería productiva que la población de la isla iba a realizar a posteriori”, la cual algunas décadas después al volcán “hizo recobrar la vida y la esperanza a sus habitantes”.

Las cosechas se multiplicaron arropadas por las favorables características de los piroclastos, materiales que hacen de reservorio para la humedad que transportan los alisios y traspasan poco a poco las tierras cultivadas. Los nutrientes del rofe, no solo protegen el suelo de la intensidad solar, sino que también evitan la evaporación y hacen de fertilizante natural por los microorganismos que están en el interior de las partículas de los materiales volcánicos.

Fue tal la expansión de los enarenados, cuyo origen es La Geria, que Lanzarote tuvo incluso que importar mano de obra para la agricultura. “Se plantaron por primera vez viñedos con una uva de Grecia”, de donde procede la variedad que da fama mundial a los vinos de Lanzarote, la malvasía, “cuyo nombre deriva del municipio de Creta del que procede la cepa, Malevizi”, según revela un artículo firmado en 2017 por los científicos Francisco Pérez Torrado, Juan Carlos Carracedo, Alejandro Rodríguez González y Valentín R. Troll, del Instituto de Estudios Ambientales y Recursos Naturales (IUNAT) de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, junto a otros cinco del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Upsala (Suecia).

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Además de los viñedos, se plantaron papas, cebollas y millo, entre otros productos, que dieron incluso para exportar. Principalmente, lo rentable del enarenado natural, que compensó la pérdida de las plantaciones de cereales y, por otro lado, la rapidez en el reparto de tierras y solares por parte de la Real Audiencia, obraron el 'milagro' de Lanzarote después de las erupciones volcánicas del siglo XVIII.