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Cuando las dos orillas del Istmo de Santa Catalina se acariciaban

La Onda Atlántica supone el encuentro de dos bahías, las de La Luz y de El Confital, cuyas aguas chocaban hasta hace un siglo

Vista panorámica del Istmo desde La Isleta en 1900.

Hace justo una semana la pasarela Onda Atlántica llegó para acercar las dos orillas del Istmo de Santa Catalina tras décadas separadas por culpa de una herida de asfalto, la Avenida Marítima. Pero esto no siempre fue así. A finales del siglo XIX la península de La Isleta estaba unida al resto de Gran Canaria por una fina lengua de arena que en su parte más angosta apenas sobrepasaba los 100 metros de ancho. Un paso que cuando subía la marea quedaba parcialmente sepultado, por lo que quienes vivían en el caserío de pescadores de La Luz tenían que hacer uso de los servicios de un barquero. Con el paso de los años, serían el cemento y el asfalto quienes tomarían el relevo para engrandecer la ciudad y el Puerto, hasta la fecha.

“Desde lejos apenas se divisa: parece que el mar lo traga y la pequeña península, surge entonces como un verdadero islote en cuya base resaltan con violento contraste, la fulguración dorada de las arenas, la cegadora blancura de las espumas”, así describieron los Hermanos Millares esta estrecha franja de arena en su obra La deuda del comandante (1899). Por aquel entonces, las dos orillas del Istmo de Santa Catalina se acariciaban y el pujante Puerto de La Luz apenas comenzaba su andadura. Según los testimonios gráficos de la época -la Fedac conserva en sus archivos fotografías de la década de 1880 que así lo demuestran- la carretera era una calzada de tierra apisonada flanqueada por el mar a un lado y la playa de Las Canteras al otro.

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Los mayores de La Isleta y del Puerto recuerdan historias de sus padres y abuelos en las que les contaban cómo ir de un lado a otro era tarea complicada con la marea alta, pues la carretera general -hoy calle Albareda- quedaba inundada. “Existía un barquero que con una falúa a remo pasaba la gente de una orilla a otra”, explica Juan José Laforet, cronista de Las Palmas de Gran Canaria.

Esto ocurría especialmente en tiempos de mareas como las del Pino y con temporales de invierno, cuando el mar estaba más bravo que de costumbre. Un efecto de la fuerza del agua que se vio agravado por culpa del ser humano. En este sentido, en 1903 el Diario de Las Palmas denunciaba la extracción de arena y de otros materiales de la playita que existía en la ensenada de La Luz, la cual llegó a desaparecer “quedando al descubierto la roca viva”; un hecho que provocaría que el mar atravesara la carretera del Puerto “en toda su anchura”, según apuntaba la crónica periodística.

Eusebio Page planteó en 1873 hacer "un corte" al Istmo para unir las dos bahías

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La estampa de las dos aguas uniéndose quedaron para la posteridad en las primeras décadas del siglo XX, recalca Laforet. En 1911 el Ayuntamiento inauguraba el edificio del Mercado del Puerto y ya se disponían las primeras construcciones en ambas orillas. “Se establecieron en el lado del Puerto todos los varaderos y talleres de las distintas compañías, mientras que el otro se volvió más residencial”, detalla.

El gran atractivo que suponía la playa de Las Canteras para el pujante turismo británico y la urbanización del Istmo dieron al traste con una serie de proyectos que, de haberse ejecutado, habrían sido un auténtico atentado medioambiental vistos con los ojos de la actualidad. El capitán Fernando Carranza recordaba en 1911 en las páginas de la revista madrileña Vida Marítima “la conveniencia” de construir un puerto en la bahía de El Confital que complementase al ya existente en La Luz. Este macroproyecto fue ideado en un principio por el ingeniero Eusebio Page Albareda en 1873 -entonces Director General de Obras Públicas del Estado-, es decir, diez años antes de colocarse la primera piedra del muelle de Santa Catalina. El planteamiento incluía realizar “un corte” en el Istmo que permitiera a las embarcaciones circular de una ensenada a otra.

Vista panorámica del Istmo de Santa Catalina en 1880. Fedac - Luis Ojeda Pérez

Laforet recuerda que el primer hotel de Las Canteras, el Towers, abrió sus puertas en a principios de los años 20; un edificio que hoy día sigue en pie y acoge la Delegación de Defensa. “El turismo en la playa se puso de moda”, señala tajante. A ello habría que sumar que la urbanización del Istmo cortó el paso de las arenas por lo que el antiguo refugio de La Puntilla donde recalaban embarcaciones de gran porte décadas atrás -tal y como atestiguan fotografías de finales del siglo XIX- quedó inutilizado.

“Habría sido necesario dragar el fondo y eso ya suponía un alto coste”, indica el cronista. Es más, en 1923 el Ayuntamiento logró municipalizar la carretera general del Puerto para poder urbanizarla, pero las obras de alcantarillado y asfalto no llegaron a Albareda hasta 1932, según resalta Fernando Martín Galán en su libro Las Palmas Ciudad y Puerto.

Aún así, el comandante de aviación Eduardo Cañizares rescató parte del proyecto en las páginas de LA PROVINCIA en 1927, año en el que propuso convertir la bahía de El Confital en una base de hidroaviones. Por aquel entonces el Estado discutía dónde construir el primer aeropuerto oficial del Archipiélago y Cañizares consideró que lo mejor era optar por una estación marítima y para ello la dársena que forma el arrecife de Las Canteras reunía las mejores condiciones de las Islas.

En las líneas de este diario Cañizares destacó que La Isleta tenía las condiciones ideales para albergar “dos grandes puertos” con una dársena marítima al este y otra aérea a poniente. “Es algo tan excepcional que sería un grave pecado desaprovecharlo”, precisó. Además, indicó la posibilidad de unirlos mediante un corte en el Istmo, “formando una rada comunicable y única en el Atlántico”.

Laforet destaca que, aunque estos proyectos nunca se hicieron realidad, La Luz llegó a ser puerto base de Aquila Airways, una línea de hidroaviones con vuelos semanales entre la Isla y Southampton -en la costa sur de Inglaterra- con escala en Madeira. Esta compañía se mantuvo en activo entre 1952 y 1958, año en el que cesó su actividad ante la pérdida de miles de libras esterlinas al mes. Las aeronaves tenían dos pisos con un servicio de bar a bordo.

Los grandes cambios para el Istmo llegarían en los años 70. Laforet comenta que el Ayuntamiento llegó a plantear al artista César Manrique que diseñara un proyecto de dinamización turística para la zona. “Se quedó en planteamiento porque les dijo que había que tirarlo todo y hacer algo de cero”, indica el cronista. Y es que en los años del boom del turismo de masas afirma que se cometieron auténticas “barrabasadas”. “Se tiraron edificios de calidad y para la construcciones nuevas se fue a lo barato con apartamentos tipo colmena”, precisa.

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Entre finales de los 70 y comienzos de los 80 se produciría el relleno del Istmo en el lado portuario para construir la avenida marítima, una operación que supondría el fin de los varaderos y talleres navales de la calle Albareda. La autovía de la Avenida Marítima delimitó una herida que ha funcionado a modo de barrera entre ambos lados, hasta la fecha. La Onda Atlántica ha llegado para, en parte, salvar este obstáculo. “Lo que estamos haciendo es acercar dos orillas”, destacó hace una semana el arquitecto Javier Haddad, autor de esta construcción junto a Ramón Checa y Luis González tras ganar un concurso público en 2015 frente a otros 61 proyectos. Las bahías del Puerto y Las Canteras vuelven a estar unidas.

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