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Desirée González Concepción

Bienaventuradas las personas diferentes

Durante su período de vida pública, entre Cafarnaún y Genesaret, Jesús proclama las bienaventuranzas. Ante una época tremendamente caótica, Jesús se abre paso para trasmitir unas enseñanzas que pretendían que se agradara a Dios y que su pueblo aprendiera a convivir de forma más pacífica. Estas bienaventuranzas fueron recogidas más tarde en los evangelios de Mateo y de Lucas perdurando a través de los siglos. El término “bienaventurado” se puede definir como feliz o dichoso, es decir; la persona que cumpliera las bienaventuranzas sería digna de felicidad.

Realizando un pequeño análisis sobre las 8 bienaventuranzas tradicionales, se deduce fácilmente que los merecedores de felicidad eran aquellos que se presentaban como débiles y aquellos otros que actuaban de manera impecable: los pobres de espíritu, los mansos, los perseguidos, los misericordiosos, los limpios de corazón,… De todos ellos sería el Reino de los cielos.

Pues bien, si tomamos la perspectiva suficiente y observamos nuestra sociedad, comprobaremos que todos sin excepción seríamos “bienaventurados”. ¿Quién no se ha considerado más de una vez pobre de espíritu? ¿Quién no ha pecado en más de una ocasión de sumiso o sumisa? ¿No es cierto que muchos de nosotros podríamos colocarnos la “medalla” de pacíficos o misericordiosos? Prácticamente todos entraríamos en este reparto de la dicha y la felicidad. Pero siendo realista, yo me pregunto: ¿cuántas personas felices conocemos? La sociedad evoluciona y otras muchas veces involuciona, es lógico que estemos ávidos de una nuevas bienaventuranzas…

Sin pretender menospreciar la función que cumplieran siglos atrás, se me ocurren algunas bienaventuranzas algo más actuales; unos principios más acordes al tiempo que vivimos y que se adapten a la enorme diversidad de esta sociedad tan plural. Enunciaría unas nuevas bienaventuranzas que, posiblemente, podrían transformarnos en seres más libres y felices.

Bienaventurados y bienaventuradas las personas que luchan por ser mejores cada día, que están preparadas para el cambio, que agradecen y que buscan la paz dentro de su corazón. Aquellas que no siguen a la mayoría, aquellas que crecen conociéndose y son capaces de plantearse un proyecto de vida.

Bienaventurados y bienaventuradas las personas con coraje, aquellas que no se conforman con una situación que no les corresponde, una situación que no merecen. Aquellas que tienen el arrojo suficiente para abandonar sus trabajos, sus países, sus parejas,… en una búsqueda necesaria por desertar de un estado que se les presenta como insostenible.

Bienaventurados y bienaventuradas, aquellas personas que sienten libertad para poder expresar sus opiniones, sus convicciones y su orientación sexual. Aquellas que se deshacen de las máscaras y también aquellas que ya no tienen necesidad de esconderse dentro de ningún armario.

Bienaventurados y bienaventuradas las personas que sufren y saben pedir ayuda y las que aprenden a sentirse vulnerables. Aquellas que deciden romper con la creencia absurda de “estar siempre en la cresta de la ola”. Aquellas que se emocionan en público, que lloran, que sienten y son capaces de compartir sus sentimientos.

Bienaventurados y bienaventuradas las personas que se atreven a denunciar injusticias y aquellas que se apartan de la persona acosadora o maltratadora. Aquellas que aprenden a poner límites desde un principio y así poder evitar males mayores. Aquellas que descubren el valor del amor propio en sus vidas.

Bienaventurados y bienaventuradas las personas proactivas que perseveran para conseguir una sociedad más íntegra. Aquellas que salen del cómodo mundo de la queja y se involucran a nivel personal, en asociaciones o en ONGs para lograr un mundo más sostenible y más justo.

Bienaventurados y bienaventuradas las personas honestas, las auténticas, las que no necesitan mentir. Aquellas que son humildes, espontáneas, generosas,… y que disfrutan además compartiendo esa “abundancia” con las personas que le rodean.

Bienaventurados y bienaventuradas las personas que se sienten diferentes y no se avergüenzan por ello. Aquellas que no pretenden ocultar sus limitaciones físicas, psíquicas o psicológicas. Aquellas que presentan ciertos problemas para relacionarse con sus iguales pero no se dan por vencidas. Aquellas que, aún así, son señaladas por salirse de la “norma”.

En definitiva, bienaventurados y bienaventuradas las personas que imaginan un mundo mejor, las atípicas, las singulares, y aquellas que están dispuestas a mostrar sus diferencias. Bienaventuradas todas ellas.

Realmente, no tengo la seguridad que estas improvisadas bienaventuranzas nos lleven directamente al cielo, lo que sí puedo afirmar con certeza es que nos sacarán del infierno en el que muchos de nosotros vivimos sumergidos.

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