Opinión | Reseteando
Vivir en bombas de calor

Candelaria Delgado (d) conversa con el consejero de Educación, Poli Suárez / Ramón de la Rocha /EFE
No es justo echarle la culpa a Poli Suárez de que los colegios de Canarias puedan ser en situaciones de fuerte calor verdaderos asaderos de pollos. Y que los alumnos reciban el braseado final en la hora del recreo, en unos patios ardientes en los que no hay sombra. No es una acusación pertinente contra el consejero que acaba de llegar. El catedrático y escritor Andrés Sánchez Robayna mostraba el sábado pasado su pesar en este periódico por «la desaparición de la ilusión cultural». La misma consideración cabe de la educación en Canarias, ajena a un debate de calado desde tiempos remotos, quizás desde que empezó la obsesión por gastar el dinero para el progreso del Archipiélago en toneladas y toneladas de asfalto. Por ello, no resulta estrambótico que la Consejería presente un protocolo para evitar daños en la salud de los alumnos. Hay colegios públicos con una edad que supera los cuarenta años, con amianto escondido entre sus tripas, que se recalientan hasta convertirse en cafeteras humeantes. Está claro que los niños antes que nada, pero estas medidas contra el golpe de calor no deben circunscribirse sólo a la educación. Las instituciones isleñas no se toman en serio el cambio climático y la pérdida sin pausa del alisio en favor de variaciones extremas, como la subida paulatina del termómetro. Pese a las alertas científicas, en las Islas se cometen auténticas barbaridades. Los informes de impacto ambiental para grandes infraestructuras son un coladero: basta con recorrer de cabo a rabo la Circunvalación para constatar el desastre en el tratamiento de los taludes, en el desmonte de las montañas para los túneles o en la ausencia de árboles de porte para atenuar el ruido de la circulación. El recalentamiento de los edificios educativos, necesitados de una reposición sostenible, es la punta del iceberg del problema que tiene la sociedad canaria con una generación de gestores que se ha apuntado a ser la peor frente a la ruptura climática. La coincidencia de fenómenos y la dejadez frente al problema acaba en un punto insoportable: vivir en bombas de calor.
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