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Sucesos históricos

Tarde de sangre y corcheas en San Bernardo

La pianista Sofía Inglott murió de un disparo en una casa del barrio de Triana en 1880 - La pistola la empuñaba una de sus alumnas, que se suicidó tras cometer el asesinato

Plaza de San Bernardo, en Las Palmas de Gran Canaria, a finales del siglo XIX.

Plaza de San Bernardo, en Las Palmas de Gran Canaria, a finales del siglo XIX.

La sociedad grancanaria se conmocionó con la noticia del asesinato de la pianista Sofía Inglott y Navarro, de 31 años, ocurrido una tarde de otoño de 1880 en una casa de San Bernardo, en el barrio de Triana de Las Palmas de Gran Canaria. Los periódicos de la época recogieron con detalle aquel suceso que culminaría con el suicidio de la autora de tan abominable crimen: su amiga y alumna, Pilar Morales Rodríguez, de 23 años.

En aquella lóbrega tarde de otoño del 28 de septiembre de 1880, don Luis Inglott y Allen (1820-1885) se encontraba en su comercio de Los Malteses, en el mismo barrio de Triana, cuando llegó alguien con la noticia de que a su hija Sofía le habían disparado. Don Luis dejó el establecimiento y salió rápido rumbo a la casa del médico Domingo Navarro Pérez, situada en la plaza de San Bernardo, donde su primogénita impartía clases particulares de piano a las niñas de las familias más distinguidas de la ciudad.

Llamados de urgencia, varios médicos de la capital se personaron en aquel domicilio donde hacía escasos minutos Sofía Inglott y Navarro había entrado para ofrecer una nueva lección de solfeo a un grupo de alumnas. Nada más traspasar la cancela del zaguán, Pilar Morales Rodríguez, natural de Arrecife, salió de improviso y apuntándole con una pistola exclamó: "¡Sofía, te mato!".

Aunque por un momento se sobresaltó, la pianista creyó que se trataba de una broma y, sonriendo, la apartó para seguir al interior.

Pero apenas dio un paso hacia delante su discípula apretó el gatillo y una bala entró, iracunda, por la espalda. Sofía cayó de rodillas al suelo, desvanecida, mientras su agresora se apuntó a la sien y disparó otro tiro que le hizo caer de espaldas. Su cuerpo quedó tendido junto a la profesora en medio de un charco de sangre.

Al difundirse la noticia del suceso, un gran gentío se congregó en la plaza de San Bernardo. Las víctimas, exánimes, fueron subidas a las habitaciones de la casa dominada ya por la tragedia. La homicida murió al rato, sobre las cinco de la tarde. La vida de Sofía se prolongaría durante una semana. Los médicos observaron la necesidad de realizar una intervención quirúrgica de urgencia y extraerle la bala, pero no fue posible. La paciente estaba paralizada de cintura para abajo. Su vida se fue apagando en el transcurso de los días sin que la ciencia médica de entonces pudiera hacer algo por salvarle la vida. A las nueve y media de la noche del cuatro de octubre el estado de Sofía era alarmante.

En plena agonía, mientras el párroco le administraba la extremaunción, tuvo la fuerza suficiente para otorgar el perdón a su agresora, a la que creía aún con vida. ¡Pobre joven! La cegó una idea detestable.

¡Oh! mucho debió sufrir para matar y matarse... diría La Perejila en un poema sobre este caso.

El móvil resultó ser los celos. Sofía era soltera pero hacía poco tiempo que había prometido casarse con don Jorge Rodríguez y Falcón, un conocido comerciante de la calle Triana y futuro presidente del Círculo Mercantil. Éste era viudo, con dos hijas pequeñas, de una prima hermana de la pianista. El noviazgo provocó una gran desazón en la sobrina del comerciante y discípula de Sofía, de 23 años. Pilar Morales, la autora del crimen, estaba enamorada de su tío.

Los periódicos de la ciudad se hicieron eco de la noticia y ofrecieron una variada información. En negrita, bien resaltado, La Correspondencia de Canarias, "periódico de Intereses Generales, Noticias y Comercial", informó que "el público de Las Palmas recibió tan infausta noticia presa de la mayor consternación y poseído del más profundo disgusto".

En la misma crónica se señalaba que Sofía Inglott era una mujer especial no sólo por sus dotes artísticas sino también por su carácter afable y su forma de ser, con los que había logrado "las más ardientes y cariñosas simpatías", se decía.

Sofía Inglott tocaba el piano con maestría, improvisaba y componía con soltura. Con solo 16 años ya se había ganado la admiración entre los melómanos de la ciudad después de su primer concierto público que ofreció el 30 de abril de 1865 en el viejo teatro Cairasco. Compartió escenario con la Filarmónica de Las Palmas, con motivo de las fiestas de San Pedro mártir, según anunciaba el periódico El Ómnibus. Su actuación fue tan fabulosa, acompañando al piano varias composiciones de ópera, que la pianista se convirtió en el tema de conversación entre los allegados al mundo de la música.

Un año después volvería a actuar junto a la nueva Sociedad Filarmónica, en su concierto inaugural, y supo arrancar, como siempre, estrepitosos y merecidos aplausos y el apoyo unánime de la crítica. "También la Srta. Sofía Inglott nos demostró sus relevantes dotes para el piano, y la inteligencia y talento musical con que desempeña los acompañamientos".

Años más tarde comenzó a impartir clases. Por supuesto, ese oficio no era lo que tenía en vista. Pero en fin, primun vivere deinde philosophari, le permitía ayudar a la economía familiar, que por entonces no era tan boyante como se pensaba. El entierro de Sofía Inglott fue uno de los más multitudinarios de la época en Las Palmas de Gran Canaria. Gran parte de la sociedad quiso despedirla: alumnos, amigos y todos aquellos que la habían aplaudido cuando estaba frente al teclado quisieron decirle adiós. Apenas dos meses le restaban para cumplir los 32 años.

Sofía Inglott Navarro

El alma heroica de Sofía

La muerte de Sofía Inglott y Navarro (1848-1880) sumó tantos pesares que aún hoy perduran en el tiempo. El investigador y escritor canario Gabriel Cardona Wood, conoció el lúgubre suceso a través de la transmisión oral de su familia, pues su abuela fue bautizada con el nombre de Sofía, en su recuerdo. Tras investigar en archivos y periódicos de la época, Gabriel Cardona escribió su libro El alma heroica de Sofía Inglott y Navarro. Evocaciones, en el que narra aquel crimen de hace 1880 años. Un libro con propia historia: "Mi bisabuela, Rosario Inglott Navarro, le relató el hecho a la poeta cubana Matilde Troncoso, que vino a Gran Canaria con su marido, a quien habían nombrado fiscal de la Audiencia. Ella también noveló el suceso".

Multitudinario entierro entre los acordes de Chopin

Desde la casa mortuoria, seguido de un lúcido y numerosísimo acompañamiento, el cortejo fúnebre enfiló la calle Triana a las cinco de la tarde del cinco de octubre de 1880. Todos los comercios cerraron sus puertas "como una manifestación espontánea del sentimiento que todos guardaban por la prematura muerte de tan distinguida y simpática joven", informaba el periódico El Independiente.

El cortejo siguió la calle Cano, subió la actual Malteses y al pasar el féretro por el antiguo teatro Cairasco, allí se detuvo.

En el atrio estaban los miembros de la Filarmónica, con el joven maestro Bernardino Valle Chinestra (1849-1928) al frente, quien años después escribiría a la memoria de Sofía la obra el Invitatorio, para coro y orquesta. Pero cuando sonó la Marcha Fúnebre de Chopin la emoción los derrotó. A todos se les saltaron las lágrimas que se habían propuesto reprimir. No era para menos: hasta donde alcanzaba la vista, la muchedumbre de ciudadanos se emocionó bajo aquellos acordes tan solemnes y conmovedores que los mismos instrumentos parecían que sollozaban por la terrible pérdida.

Los músicos de la orquesta dieron así su último adiós a la que fue su socia más distinguida que, en palabras del musicólogo canario Lothar Siemens Hernández, "con su arte pianístico y su gran entusiasmo tanto había contribuido al prestigio y a la reorganización de la Filarmónica en el 66".

Terminada la pieza musical, se colocó una corona a cada lado del féretro, y después de cantado el oficio de difuntos y de haberse incorporado los músicos de la Filarmónica, el cortejo fúnebre siguió su marcha, acompañado a partir de entonces por los acordes de la Banda Municipal de Las Palmas. Sofía dio así el último paseo por su ciudad natal hasta el cementerio de Vegueta.

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