Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Sesenta años del Capitán Trueno

Una exposición en Madrid reúne materiales relacionados con las historietas del personaje que sedujo a varias generaciones

Sesenta años del Capitán Trueno

Sesenta años del Capitán Trueno

Cuentan que en los puertos de Nueva York se agolpaban las personas a la llegada de los barcos que traían los ejemplares de las novelas por entregas de Charles Dickens. Sus lectores querían conocer cuanto antes el desenlace de las historias con las que el escritor les había dejado en vilo. Se dice que la gente preguntaba desde el muelle la suerte de la pequeña Nelly, la protagonista de La tienda de antigüedades, y que algunos tripulantes, para calmar los ánimos, comunicaban a voz en grito que había sobrevivido a la enfermedad. Pocos escritores han sido capaces de mantener esta expectación ante cada nuevo capítulo de sus novelas como lo hicieron Dickens, Stevenson, Pérez Galdós o el Víctor Hugo de Los miserables.

Esa misma expectación es la que sentíamos los lectores que cada semana esperábamos una nueva entrega de las historias del Capitán Trueno para conocer el desenlace de la situación extrema en la que habían quedado nuestros héroes en el capítulo anterior. Víctor Mora, su creador, era el autor de aquellas historias en las que muchos nos iniciamos a la lectura. Pero eso no lo supimos hasta muchos años después, ya que casi nunca se firmaban los guiones y algunas veces Mora lo hacía con seudónimo.

Un nuevo ideal caballeresco

Las historietas del Capitán Trueno aparecieron por primera vez en los quioscos el 14 de mayo de 1956, en una España gris que había pasado los peores años de la posguerra y que iniciaba una nueva etapa en la que en nada iba a cambiar la represión que se vivía en todos los ámbitos, también en el cultural. Los niños de entonces leíamos sobre todo cuentos ilustrados, esos que ahora llaman comics. Los personajes que mandaban entonces en el imaginario infantil (y en el de muchos adultos) eran, entre otros, El Guerrero del antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín y los de Hazañas bélicas. La aparición del Capitán Trueno supuso una revolución de todo lo que hasta entonces conocíamos. Se trataba de un nuevo concepto de héroe que en lo literario transgredía algunos principios que entonces eran inamovibles y en lo gráfico presentaba asombrosas novedades que llegaban a transmitir al lector sensaciones cinéticas. Imágenes y textos que convirtieron con el tiempo al Capitán Trueno en uno de los referentes de la cultura popular en España.

Para el Capitán Trueno la justicia tenía que estar por encima del orden establecido, sea este cual fuere; las víctimas eran siempre los oprimidos por dictaduras de todo tipo, como (¡atención!) la del general Al Kharba, y a la guerra sucedía siempre la represión: en Lucha entre los hielos, de 1961, una muchedumbre huye al exilio (los dibujos recuerdan a las fotografías del éxodo de los republicanos españoles) mientras el Capitán Trueno comenta: "Sólo dos cosas pueden obligar a huir a semejante cantidad de personas: la peste o la guerra y la represión". También es casualidad que el primer número de El Capitán Trueno se titulase A sangre y fuego, como el libro de Chaves Nogales sobre la guerra civil española. Chaves Nogales había sido un exiliado de la guerra civil (como también Víctor Mora en algún momento), y el Capitán Trueno protagonizaba sus aventuras casi siempre fuera de España.

Entre las ideas-fuerza que recorren las aventuras del Capitán trueno están la lucha por la libertad frente a la tiranía de cualquier tipo (en uno de los primeros números el Capitán Trueno lidera una rebelión de siervos) y la esperanza de un futuro mejor, junto a los dones del ideal caballeresco medieval que encarnaba su figura: valentía, prudencia, lealtad y fidelidad a Sigrid, un amor que aparece de manera intermitente participando activamente en las aventuras, incluso manejando la espada, y que cierra el círculo de una estructura de grupo (otra de las novedades) que completaban su escudero Crispín y el forzudo Goliat. Además el Capitán Trueno, a quien históricamente Víctor Mora sitúa a finales del siglo XII, era el hijo de un señor feudal y renunció a su herencia paterna porque, decía, "no quiero vivir de la sangre y el sudor de los siervos". En la lucha contra los moros a veces Trueno se pone de su parte, pactando con Aladino, al descubrir que "ni los cristianos tenían tantas virtudes como se decía ni los moros tan pocas". Una actitud que debió escandalizar a los defensores del nacionalcatolicismo y que sorprendentemente pasó el cerco de la férrea censura de aquellos años.

Iniciación a la lectura

La lectura de tebeos fue para la generación de la posguerra una manera de acceder a la gran literatura. A los lectores del Capitán Trueno nos resultaron familiares algunos de los personajes que descubrimos después leyendo a Julio Verne, a Dumas o a Herman Melville. Y sobre todo a Walter Scott: el primer número de la colección sitúa al Capitán Trueno a las puertas de San Juan de Acre, el último bastión árabe en Palestina, durante la Tercera Cruzada. Se enfrenta a Ricardo Corazón de León en un torneo de exhibición, una clara referencia a Ivanhoe. Conocíamos también los escenarios de esas lecturas porque las pirámides de Egipto, la muralla china, los palacios árabes, las ciudades aztecas o los santuarios incas eran lugares donde se habían desarrollado muchas de sus aventuras. Y por eso perdonamos ahora (entonces tampoco lo sabíamos) las anacronías que suponían la aparición de globos aerostáticos y robots, las visitas a la Atlántida, los viajes a un continente desconocido en el siglo XII y las convicciones del Capitán Trueno acerca de la esfericidad de la Tierra.

El Capitán Trueno era además, según lo presenta Víctor Mora, un personaje culto, que cita a Platón, a Herodoto y a Averroes, y a quien con frecuencia se muestra leyendo, "su pasatiempo favorito" (El misterio Gudrunvager, 1967), o protegiendo bibliotecas (La horda de Akbar, 1963; El mensaje del conde, 1966). El hábito de la lectura fue, según confiesa en uno de los números, el que lo empujó a la aventura. Como a Don Quijote, aquel otro caballero andante.

Compartir el artículo

stats