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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Literatura

Irene Vallejo: «La palabra está siempre asediada y en peligro: tiene muchos enemigos»

La escritora zaragozana, autora de 'El infinito en un junco', participa en el Centenario de José Saramago este fin de semana en la isla de Lanzarote presentando su nuevo libro, 'Manifiesto por la lectura'

La escritora Irene Vallejo en un viaje realizado a Lisboa, capital del país de José Saramago. LP / DLP

El infinito en un junco brotó de Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) como un ensayo que describió las aventuras del libro a lo largo de la humanidad. Parecía que no tendría recorrido y, de repente, más de 200.000 ejemplares le dieron la razón en su apuesta por el saber. Tres años después, viaja a Lanzarote para presenta Manifiesto por la lectura con la Fundación José Saramago y rodeada por la fotografía de Daniel Mordzinski. La pasión con la que aborda los libros es tan infinita como las palabras que desbordan su conversación calmada y fluida.

En un mundo donde la palabra ha fracasado en pos de la guerra, ¿qué se puede decir?  

La palabra nunca fracasa totalmente, sino temporalmente. Estamos intentando devolver la situación a unas conversaciones de paz, así que nunca hay que tirar la toalla porque, como realmente se resuelven los conflictos, es llegando a acuerdos. Como ya cuento en El infinito en un junco, la palabra está siempre asediada y en peligro: tiene muchos enemigos. A lo largo de la historia, a pesar de los fracasos esporádicos, tenemos razones para confiar en ella como nuestra mayor ayuda y auxilio. Como decía Camus, hay que actuar como si al mal se le pudiera derrotar, incluso cuando es hostil. 

De las batallas surgen libros como luz o recuerdo del espanto. Definía la literatura como rebeldía, ¿o más bien catarsis? 

Rebeldía y catarsis, después y mientras. Estas reflexiones están naciendo ahora y en conversación con los acontecimientos que nos rodean. Esa es una vieja batalla desde que existen los libros para que sean vehículo de voces que, en otros casos y otros supuestos, serían acalladas y asfixiadas, sobre todo sorteando a la censura. Todo esto siempre dicho con la cautela de que también muestran ideas propagandísticas y belicistas. Leer no nos garantiza ser mejores personas, ni los libros son por sí mismos un aria a la libertad. Sin embargo, allí donde no se elige una versión única de los acontecimientos, la pluralidad y la polifonía nos garantiza que tendremos acceso a la capacidad de formar un criterio propio sobre los acontecimientos. El problema es cuando se impide disfrutar de la literatura y el testimonio de la historia. 

El libro no es beatitud.

Mein Kampf, de Hitler, fue un bestseller. El libro se alió con unas ideas dañinas; no hay objeto en nuestra vida cotidiana que no se pueda utilizar de forma violenta. En Estados Unidos, ante el debate que se plantea sobre la cancelación, hay personas partidarias de retirar de las bibliotecas aquellos que consideran que contienen discursos racistas, con una visión sesgada de una minoría o de una mayoría o que no reflejan la forma en la que la sociedad quiere verse a sí misma. Los libros no tienen por qué hablar de realidades ideales para formar parte de nuestro bagaje. Incluso, los libros peligrosos nos ayudan a entender las dinámicas de la manipulación ideológica y, en ese sentido, son útiles. Si elimináramos de ellos las ideas más oscuras de la humanidad, ya no tendríamos acceso a las herramientas que nos hacen entender cómo se producen esos fenómenos y cómo evitarlos o combatirlos. Soy partidaria de que existan, asumiendo que no vamos a aceptar sus mensajes por el mero hecho de estar en un formato prestigioso. Por ejemplo, Aristóteles justificaba la esclavitud o la inferioridad de las mujeres, aun teniendo aportaciones todavía vigentes como otros clásicos. Esto pasa de la misma manera al analizar las fake news, leemos con el fin de contrastar, analizar y encontrar otra versión de los acontecimientos para filtrar, sabiendo que la palabra es también manipulación. 

José Saramago recibe a Irene Vallejo

¿Por qué nos empeñamos en ser Sísifo al repetir la historia?

Nunca se repite en los mismos términos, pero las pasiones, los miedos y las ansias de poder son siempre las mismas. Esto permite que leamos textos de hace dos mil años y nos identifiquemos con la esencia de las emociones humanas que están allí contenidas. Sobre esa misma base de experiencia, tendremos una serie de reacciones muy parecidas, por eso es tan útil conocer el pasado. Tucídides, al narrar la Historia de la guerra del Peloponeso, no estaba tan interesado en contar los hechos como descubrir cuáles eran los mecanismos y desencadenantes que llevan al conflicto. Este contexto es muy antiguo, de hecho, la Ilíada empieza con un conflicto bélico y una pandemia, por eso soy optimista aun con lo vivido. Vivimos en sociedades mucho más solidarias y menos crueles que las que admiramos en la Antigüedad, entre otras cuestiones, celebramos el 8M, algo que nuestras antepasadas griegas y romanas no hubieran podido ni soñar

Cada generación vive su momento de ceguera, justo cuando acude a los actos por el Centenario de José Saramago. 

Estuve en la Fundación de Lisboa y esto es como el segundo paso de la peregrinación afectiva y literaria. Saramago es uno de esos escritores brújula que nos sigue ayudando a entender mejor el mundo, como decías, la metáfora de la ceguera es muy poderosa para la humanidad y entronca con mitos como el de Edipo. En manos de Pilar del Río, se mantiene vivo su legado a través de su biblioteca y resulta conmovedor porque, para mí, es una especie de biografía mediante la cual entiendes muchas claves de su vida y personalidad. Para él, las bibliotecas públicas fueron muy importantes, allí accedió a la lectura y construyó un destino distinto al que estaba abocado. Todo esto es una metáfora de la democratización del saber que, durante mucho tiempo, fue una prerrogativa de unos privilegiados que tenían las posibilidades de educarse como marca de estatus. 

En esta ocasión, hablará del fomento a la lectura, que compite con la atención a las redes sociales o a lo audiovisual.

Somos los primeros que estamos tecleando, más adictos de lo que pensamos. Los expertos confirman que hay una etapa de la infancia en que se lee más, luego, en la adolescencia, es fácil que abandonen los libros al tener otras preocupaciones, pero vuelven más adelante. La lectura tiene fases y depende del tiempo y tus prioridades. Lo maravilloso es que los libros siempre te esperan. No se enfadan, no se impacientan, no hay ningún resentimiento, así que cuando quieras empezar o retomar, estarán ahí. Es fundamental que los niños disfruten y las familias tomen este momento como un oasis de intimidad y juego, no una obligación, puesto que, si alguna vez han conocido la lectura como placer o diversión, es más fácil que luego vuelvan. En Estados Unidos hay una iniciativa que se llama Read Aloud, Leer en voz alta, donde se lee un cuarto de hora al día con los padres en la casa y han descubierto que los procesos neurológicos tienen relación con un vocabulario más amplio y una mayor imaginación que los hace más creativos.

Los libros en la infancia

¿Qué le leían de pequeña?

De todo. Mi madre dice que tuve mucho apego a un libro de fábulas y reaccioné con avidez y asombro a los mitos, por lo que mis padres empezaron a comprar más libros, aparte de los mediterráneos, nórdicos, folclóricos; no me contaban muchos cuentos de hadas. También pasé por Robin Hood, La isla del tesoro, Jack London, y Los tres mosqueteros. Duró muchos años, ya que no quería aprender para no perder el privilegio de que me leyeran y, después, seguíamos leyéndonos libros en vacaciones alternando nuestras voces. Tuve la suerte de que mis padres me observaran y fomentaran mis gustos, como hago ahora con mi hijo que, aunque no sean mis intereses, si despiertan su curiosidad encuentro la forma de seguirlo. Ahora mi biblioteca está desbordada. Umberto Eco decía que los libros eran bastante caros. Para mí, una casa llena de libros es acogedora y, si los tuviera en formato electrónico, mi hijo no tendría la posibilidad de curiosear.

Decía que el libro es la historia colectiva del éxito social. ¿Qué retos enfrenta ahora?

Las bibliotecas tienen un enorme desafío para saber qué custodian y a qué renuncian y cómo organizar la avalancha que publicamos y compartimos en formatos que quedan obsoletos. A su vez, la cultura es otro reto en el mundo rural, donde es importante un apoyo a la educación y a las escuelas. Ahora, un fenómeno que sí estamos viviendo es la descentralización cultural, parecía que Madrid y Barcelona eran los centros inapelables, y vivimos una realidad en la que no solo hay escritores que relatan desde otros lugares sino que hay un circuito fuera de las grandes capitales. Ustedes en Canarias tienen a escritoras como Andrea Abreu o Sabina Urraca que incorporan su lenguaje e imaginario y, yo misma, hace unos años sentía que era imposible construir una carrera desde Zaragoza. Así que es un reto extender y sostener esta red. 

El infinito en un junco descansa en miles de casas. Después de tres años, ¿qué siente?

Lo escribí sin expectativas. Como estudiante de Filología escuchaba que mi especialidad no le interesaba a nadie y desaparecía del sistema educativo. Llegué a creer que era una extravagancia mía compartida con dos o tres lectores, pero no esta masa. Ahora hay que sacar conclusiones. En este mundo tan hostil, hay mucha gente que valora una mirada humanística sobre la realidad que no es la ambición económica y el consumismo desatado, sino que plantean otra forma de vivir. El trato a los animales, el feminismo, la cuestión trans o la ecología tienen que ver con reivindicar una sociedad diferente. El libro ha creado esa conexión en un mundo algo utilitario y cruel con quienes que lo tienen más difícil. 

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