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Las cuentas pendientes de la igualdad

Investigadoras y activistas afrodescendientes pasan revista a las enseñanzas de un movimiento que este año conmemora el 200º aniversario del nacimiento de Harriet Tubman y los 65 años del día en el que Rosa Parks se negó a ceder su asiento. En España, la ecuatoguineana Rita Bosaho se ha erigido como la primera mujer negra que ocupa un alto cargo del Gobierno

La sufragista y abolicionista Harriet Tubman -a quien Hollywood, olisqueando el hueso afro, homenajea ahora con una película homónima con motivo del 200º aniversario de su nacimiento- desafió al sistema esclavista norteamericano con su cuerpo discapacitado, un revólver y una red de apoyos que le permitió liberar a decenas de esclavos y protegerse cuando caía dormida, sin previo aviso, tras la severa agresión craneal que le había infligido un capataz de niña.

Lejos de haber quedado sepultadas por la historia, Tubman y otras muchas esclavas que tejieron resistencias y lucharon contra la violencia sexual, la venta de los hijos o los linchamientos de sus compañeros, emergen hoy vindicadas como madres fundadoras del feminismo negro norteamericano. Un potentísimo artefacto que se musculó en la lucha por los derechos civiles y que en los años 70 erupcionó como un géiser ante las narices de las feministas blancas académicas de clase media. Porque venían de donde venían, las mujeres negras dijeron que sus problemas no empezaban y acababan solo en el patriarcado, y que para pensar y construir un mundo libre y habitable para todos, urgía entender cómo se trenzan e interseccionan, con impacto multiplicador, las distintas opresiones de género, raza, clase o sexualidad. "Las luchas unidimensionales no existen, porque no vivimos vidas unidimensionales", escribió la poeta y pensadora Audre Lorde, nacida en Harlem y lesbiana, cuatro décadas antes de que las manifestaciones del 8M reivindicaran este feminismo popular e interseccional, a menudo -cuestionan las afrodescendientes- de forma superficial.

La semilla de la crueldad

Esta "impugnación desde la base hasta arriba" que caracteriza a los afrofeminismos se enraiza en la propia historia de la esclavitud, explica la antropóloga e investigadora cubana Aída Bueno Sarduy. "Nuestras antepasadas vieron el poder en toda su crueldad y desnudez, sin los ropajes con los que se presenta ante el mundo europeo blanco", asegura esta profesora. Ahí estaba, si no, el infame historial cuajado de violaciones, asesinatos o ajusticiados que permanecían colgados durante días de forma ejemplarizante. O las actas notariales de compra-venta de niños de apenas ocho años. "Vimos la dominación de forma tan cruda que seguramente pudimos comprender mucho antes que el poder, anteriormente esclavista-colonial y hoy con otro disfraz y otro nombre, no puede dar respuesta a las personas que sufren opresiones porque no es su objetivo, porque no tiene ningún compromiso con eso -añade la investigadora-: sabemos desde hace mucho que este sistema no es reciclable, que solo hace concesiones para ganar tiempo".

Ya desde su origen, el feminismo negro estadounidense caminó sobre brasas. Se fraguó en una confluencia inflamable entre el movimiento abolicionista y el sufragista. El sexismo de uno y el racismo del otro hizo que las afrodescendientes acabaran siendo excluidas de los dos, lo que no "paralizó su impulso emancipador", escribe Mercedes Jabardo en la antología Feminismos Negros. Bien al contrario, añade, "fueron desde el principio extraordinariamente lúcidas a la hora de posicionarse y fuertes al establecer alianzas", ya fuera con sus compañeros en los barracones, con las mujeres blancas en la lucha por el voto femenino y luego entre ellas mismas -el concepto sisterhood es suyo-cuando la emancipación incorporó la desigualdad de género a las comunidades negras y cuando el sufragismo las expulsó.

Apegadas a los saberes que surgen de la experiencia vital y del pensar en colectivo, las activistas negras también tuvieron un papel protagonista, aunque a menudo desdibujado, en las diferencias cotidianas que marcaron la lucha por los derechos civiles. No, Rosa Parks no fue esa costurera fatigada que, según la historiografía, sufrió hace 65 años un arranque repentino de ira y se negó a ceder su asiento tras un día duro de trabajo. Lejos de eso, Parks, que conocía bien el pulso entre la perseverancia y la fatiga que implica de la lucha política, era secretaria de la National Association for the Advancement of Colored People (NAACP) y pagó un alto precio personal por su militancia: mientras su gesto avanzó el fin de la segregación, ella y su marido perdieron el trabajo, sus compañeros -se dice que molestos por su protagonismo- les dieron la espalda y durante un puñado de años vivió sumida en una espiral de enfermedad y pobreza.

Así que a la altura de los años 70, cuando Audre Lorde, Bell Hooks y Angela Davis dieron el puñetazo sobre la mesa y tuvieron la imperiosa necesidad de contarse, ya quedaba meridianamente claro cómo actuaba la intersección entre género, clase y raza. "Como mujeres, algunos de nuestros problemas son comunes, otros no -resumió Lorde-. Vosotras, las blancas, teméis que al crecer vuestros hijos varones se sumen al patriarcado y testifiquen contra vosotras. Nosotras, en cambio, tememos que a los nuestros los saquen de un coche y les disparen a bocajarro en plena calle, mientras vosotras dais la espalda a las razones por las que están muriendo".

"¿Acaso no soy una mujer?"

Los ecos de desencaje, afirma la escritora y activista afrodescendiente Desirée Bela-Lobedde, aún perviven: "La célebre frase de la esclava Soujorner Truth -'¿acaso no soy una mujer?'- nos sigue recordando que aún se nos deja fuera de la categoría de mujer, que la agenda feminista continúa abonada a la blanquitud y que nuestra presencia pública es inexistente". La autora del libro Ser mujer negra en España asegura que, a pesar del tiempo y la distancia que la separa de aquellas mujeres, sus lecturas le han ayudado a comprender que las miserias de su día a día -esa ansiedad y desgaste que generan desde la sexualización hasta la extranjerización permanente- no son "pataletas ni imaginaciones" suyas, sino que obedecen a dinámicas que "están más allá" de ella.

¿Y hacia dónde nos obligan a a mirar ahora los feminismos negros? "Pues hacia muchos lugares; desde la prevención de la xenofobia en las aulas hasta la lucha contra el racismo institucional, la ley de extranjería y las trabas que se encuentran las personas que quieren regular su situación", apunta la activista, que se muestra "expectante" ante la concreción de la nueva Dirección General para la Igualdad de Trato y Diversidad Étnico Racial, liderada por Rita Bosaho, de origen ecuatoguineano.

"Yo creo que Harriet Tubman tendría ahora mucho trabajo con la gente de la manta", asegura la senegalesa Marie Faye, que vivió durante años como vendedora ambulante en situación irregular y ahora impulsa en Barcelona una cooperativa que brinda trabajo y papeles a antiguos manteros. "Su situación -afirma- no es tan diferente a la de los antiguos esclavos: malvivir en los márgenes, tras haber sobrevivido al mar y al desierto, hace que te vayas muriendo por dentro". La hoy estudiante de ADE y activista -que se sintió puro "ganado" cuando la perseguían los policías, le "quitaban la ropa" y la cacheaban "en lugares inapropiados"- asegura que asomarse a la huella de mujeres como Tubman y Davis "da fuerzas" para no quedarse al margen de los atropellos -"aunque te pongan en peligro"- y para confiar en que trabajando de forma organizada y perseverante es posible "transformar" situaciones injustas.

¿Y qué creen que pueden aportan los feminismos negros a la crisis de civilización que vivimos? Pues esperanza con luces de warning. "Desde mucho antes que Greta Thunberg, los movimientos de mujeres africanas y latinoamericanas vienen trabajaban de forma respetuosa con el medioambiente -apunta Bela Lobedde-, así que mirar hacia estos territorios nos da una perspectiva para entender el mundo de una manera más amorosa y menos depredadora". Más cautelosa, la académica Aída Bueno Sarduy apunta a que la ejecución en plena calle de la activista brasileña Marielle Franco -que entiende como "una actualización de los ahorcamientos ejemplarizantes de la esclavitud"- actúa a modo de recordatorio de que cuando el poder se siente amenazado primero te silencia y, si no basta, siempre puede ir más allá. "Las personas que sufren son hoy más que las beneficiadas y el sistema sabe que en cuanto se abra la primera grieta el entramado caerá, así que debemos saber que intentará evitarlo a toda costa".

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