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Monumento a la especulación

La mayoría de los vecinos de Ciudad Alta quieren el derribo del esqueleto de la torre del Canódromo

El escritor Benito Pérez Galdós contempla pensativo desde un gran cartelón colgado en un edificio cercano al puente de Obispo Romo el esqueleto de una de las torres del Canódromo. Un vecino de la zona que pasa casi corriendo por delante del esqueleto de cemento lo califica, sin pararse, como un monumento a la especulación y al dinero, mientras recuerda como empezó aquella promoción que se denominó Torres del Mar, apenas uno años después de que se perpetrara uno de los mayores pelotazos urbanísticos que se conocen en la capital grancanaria. "Pelotazo de libro" lo calificó en 2008 el exeurodiptado socialista Juan Fernando López Aguilar, después de la primera anulación judicial del planeamiento que amparó las torres.

La mayoría de los vecinos se han acostumbrado a la presencia de esa torre de catorce plantas, la única que se pudo construir de prisa y corriendo -de las dos previstas- antes de que los tribunales anularan la actuación, pero cuando se les pregunta responden corriendo que hay que tirarlas.

También hay residentes , aunque son menos, que creen que deberían acabarla, algo que podría hacer la promotora Realia si quisiera porque el Ayuntamiento mantiene en vigor la licencia, pese a que la Asociación de Vecinos de Ciudad Alta lleva varios años pidiendo que se declare la caducidad de la licencia, al considerar que ésta venció hace más de siete años.

"Este lugar me gustaba más cuando estaban los perros", exclama Josué Santos, un vecino de Las Chumberas, que aprovecha para pedir más vigilancia para el parque. Vivía fuera de la isla cuando arrancaron las torres y asegura que sufrió una verdadera conmoción cuando se topó con la torre cuando llegó. "Cuando volví al barrio y vi el edificio, me quedé patinando. Desde niño siempre había estado acostumbrado a mirar hacia abajo y ver el mar. Y de repente, me topé con la torre esa. No cuadraba, fue como cuando levantaron el muro que atraviesa Schamann, ese al que la gente le llama de la vergüenza. Nos quita todas las vistas a la gente del barrio. Tanto como tirarlo, no; porque ya está hecho, pero yo lo recortaría un poco y haría dos edificios pequeños de cuatro plantas", explica Josué, que además se queja de que en los sotanos de la torre "se meten yonquis por la noche".

A su lado, Melisa entiende que "para dejarlo así a medio hacer, más vale que lo quiten. O lo terminan y se lo dan a los más necesitados o que lo quiten, porque así estorba. ¿Qué hace un edificio así tantos años? No lo entiendo".

Más categórica se muestra Paqui, vecina de Buenavista, que incluye el parque del Canódromo en su caminata diaria: "Que quiten eso ya de una dichosa vez. Desde cualquier esquina que te pongas, esto clama al cielo. Yo soy partidaria de tirarlo y ojalá que lo hagan algún día. Yo no soy de este barrio pero no dejo de comprender que esa torre afea una barbaridad la zona y le quitan las vistas al barrio. Esto es una tontería tenerlo aquí. Yo recuerdo que una de mis hijas estuvo mirando los pisos pilotos, pero luego se olvidó, cuando se paró la obra. Ya lo podrían haber pintado aunque sea. Que le den aunque sea una mano de pintura, hasta que decidan lo que hacen con él. Esto es un disparate y si vienes por la noche verás todo lo que se mete ahí dentro, que da pena y sentimiento".

Los jubilados Juan y Manolo son de los pocos vecinos que defienden las torres. Su nombre es supuesto, porque quieren permanecer en el anonimato. "Lo que tiene que hacer el Ayuntamiento es preocuparse por el parque, que lo tienen abandonado, y ese edificio deberían terminarlo, porque le daría más vida a Schamann y Escaleritas. Yo no creo que sea un impacto para el barrio, al contrario; le daría más vida a los negocios, que los están cerrando. ¿Usted sabe lo que cuesta tirar eso? ¿Quien lo paga, el pueblo?"

Chelo aún recuerda la primera sentencia del TSJC, que paralizó la primera torre. "Y ahí se quedó. Con la obra empezaron a aparecer grietas en la carretera, porque eso es terreno inestable, de relleno. Y ahí sigue, como un nido de no sé qué. Deberían quitarlo ya, aunque no sé como lo harían, porque eso habría que desmontarlo poquito a poco. Todo esto fue una operación para coger dinero. Es un edificio feísimo. No tendrían que haberlo hecho. Es una porquería y la ciudad no se ha beneficiado", resalta Chelo, vecina de Schaman.

Sin beneficio

De un poco más abajo, de las casas terreras de Escaleritas es Abilio Cabrera, quien opina lo mismo que Chelo. "Eso hay que derribarlo, pero que la demolición la paguen los responsables políticos del mamotreto. Por donde quiera que vayas te topas con la torre, vengas de Schaman, de Escaleritas o del Barranquillo. Además del impacto visual y de que no ha beneficiado a la ciudad, un edificio como ése encarecería la zona con el tiempo y el peligro de todo eso es que al final terminan expulsando a los vecinos del lugar, como empezó a pasar en Guanarteme con los asustaviejas. Yo creo que aquí va a pasar al final como con la Biblioteca, que yo estoy de acuerdo con que no se tirara la Biblioteca, pero los vecinos de enfrente tendrían que haberle pedido las indemnizaciones a José Manuel Soria" que fue el que la promovió.

Sergio, un vecino que lleva 54 años viviendo en Schamann defiende la permanencia y todo lo que rodea la construcción del edificio. Este residente, cuyo nombre es supuesto porque prefiere permanecer en el anonimato, es partidario de que "lo terminen ya y se lo den a la gente pobre. A mí no me molesta ese edificio, ¿para qué lo quieren ahí muerto, usted sabe el dinero que hay enterrado ahí? Eso fue una permuta que hizo el Ayuntamiento, que cambió varias parcelas por este parque que tiene 22.000 metros cuadrados, porque no tenía dinero para comprar el solar y a cambio le permitió hacer los dos edificios. En su día costaba 50 millones de pesetas [unos 300.000 euros] pero el exalcalde Juan Rodríguez Doreste prefirió comprar el Palacio del Hielo. Todo iba de maravilla hasta que empezaron las manifestaciones, cuando vino Soria a poner la primera piedra, que se tuvo que ir porque se puso toda la gente en contra".

Lo que no recuerda Sergio, o prefiere no decirlo, es que el excalde Soria también tuvo la oportunidad de adquirir el suelo para el parque por muchísimo menos dinero en 1995, cuando se retomaron las negociaciones con los dueños del Canódromo. El entonces edil de Deportes, Pascual Mota, aseguró que llegó a alcanzar un acuerdo verbal de compra, pero a Soria no le dio el visto bueno y no se interesó hasta que el terreno cambió de propietario y pasó a manos de Inprocansa.

En el año 2000 se incluye en el Plan General de Ordenación Urbana (PGO U) el carácter residencial en la zona del Canódromo, que antes figuraba como sistema general, y una edificabilidad de 20.000 cuadrados y 120 viviendas.

El gran pelotazo

Menos de un mes después de la aprobación del Plan General, el 25 de mayo de 2000, se firma el primer convenio entre Inprocansa y el Ayuntamiento y el 13 de junio de 2002, se acuerda la permuta entre Urbacan (empresa de Eduardo Fernández, también dueño de Inprocansa) y el Ayuntamiento. La ciudad recibe los terrenos del parque y a cambio le cede a Urbacan una parcela de Las Torre y otra situada en la esquina del Canódromo, valoradas en 5,5 millones. No había pasado un mes de la firma del convenio, cuando Urbacan vende esas parcelas a Realia por 14,5 millones, obteniendo una plusvalía de nueve millones, que perdió la ciudad.

María Ángeles Sánchez , presidenta de la asociación Avecalta, no se cansa de recordar el pelotazo económico y los nueve millones que "se llevó limpios de polvo y paja Urbacan". Ahora se muestra esperanzada de que el Supremo vuelva a anular, como hizo en 2014, que añade que los vecinos cuentan ahora con un estudio económico realizado por la Universidad Politécnica de Cataluña, en el que se demuestra que la ciudad pagó "2,5 veces de más" a Urbacan por los terrenos del parque.

Sánchez no entiende a qué espera el Ayuntamiento para declarar la caducidad de la licencia a Realia, que ha podido construir todos estos años y terminar las torres y no ha querido. "Es el único caso de una licencia de obra que camina por sí sola, porque el Supremo anuló en 2014 el Plan General de 2000", también anulado por el TSJC en 2008, explica Sánchez, que recuerda que el exalcalde Juan José Cardona aprovechó una sentencia del TSJC de 2012 para meter otra vez el Canódromo en el Plan General de 2012, " una simple adaptación del PGO de 2000 y todo lo que establecía ese plan sobre el Canódromo ha sido anulado. Yo confío en que el Supremo ratifique lo que ya dijo en 2014" y revoque la última sentencia del alto tribunal canario, que despejaba el camino de nuevo a la construcción de las torres. "Hay sentencias del Tribunal Constitucional", recuerda la presidenta de Avecalta, "que dicen que no se puede legalizar a posteriori lo que ha nacido ilegal". Sánchez cree que el Ayuntamiento ya tenía que haber cumplido con la sentencia del Supremo y haber declarado la nulidad de la licencia, pero el Ayuntamiento se agarra al recurso presentado por Realia contra una sentencia de 2016 que anuló el permiso.

"Los ciudadanos", recalca, "tenemos derecho a que no se nos rompa el paisaje. Realia vendía las mejores vistas al oceano y al puerto. Las vistas y el valor medioambiental que le quitaba a los ciudadanos".

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