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A tiempo y destiempo

¡Cállate, que se te entiende todo!

Somos conscientes de que la rápida evolución de nuestra sociedad exige una constante atención al lenguaje de la comunicación pastoral?" Esta pregunta la encontramos en el número 24 del cuestionario del Sínodo sobre la familia. Constata, como podrían hacerlo otras citas oficiales, un problema: a la Iglesia, a los eclesiásticos, es muy difícil entendernos. Nuestro alfabeto coincide con el de la gente, pero lo manejamos con una gramática tan rebuscada que, con frecuencia, la cosa más sencilla y cercana se reviste de la oscuridad más absoluta.

Unas veces es el miedo a rozar la ortodoxia, otras, la imposibilidad de encontrar el término adecuado a la hora de definir conceptos y planteamientos complejos. Siempre la sospecha de vivir en otro mundo. Si ya la comunicación humana tiene sus dificultades, éstas se multiplican cuando la gramática se enreda. Acostumbrados a la exégesis y al abanico interminable de interpretaciones que puede tener un texto, buscamos con deformación profesional la palabra remilgada o el circunloquio. El lenguaje es un puente pero muchas veces se convierte en una muralla o en un remolino que nos agita, nos entretiene y nos impide avanzar.

Hablar llanamente, descender al lenguaje de la calle, hacernos entender es, sin embargo, una urgencia.

Recuerdo el chillido de aquel niño revoltoso e impaciente. En medio del sermón, largo y tedioso, del obispo de entonces con ocasión de la visita pastoral a la parroquia, gritó: " ¡A ver si te callas!" Monseñor encajó con humor el desplante y el personal, desconcertado, no sabía si aplaudir o reírse. Posiblemente, más de una vez, hemos pensado lo mismo ante la homilía reiterativa y hueca del cura de turno. Y es que no es fácil comunicarse, sobre todo cuando la palabra sólo tiene una dirección y no puede retroalimentarse con las aportaciones de los interlocutores. Por eso la homilía requiere dedicación, profesionalidad o, si lo preferimos, creer en lo que hacemos.

Esta dificultad no es nueva, pero hoy engorda por momentos. Afecta a toda la sociedad y, en algunos estamentos, se ha enrocado en un vocabulario alternativo cargado de eufemismos. Se escribe y se predica lo que no se puede ocultar, pero de tal manera que apenas se entiende lo que se dice o las palabras, las mismas palabras, sirven tanto para un roto como para un descosido. Por eso no es de extrañar la atracción incontenible que ejercen los nuevos movimientos, los nuevos líderes, que llaman al pan, pan, y al vino, vino.

Me sorprende la cantidad de vaticanistas que se pasean por la red. Muchos de ellos, con nombres de sacristía, tienen permanentemente bajo la lupa -para eso son "vaticanistas",- al Papa. Son maestros en buscar las cosquillas al alto clero y exegetas minuciosos de las palabras y gestos de Francisco.

Chequean, escanean y diseccionan cada ademán, cada palabra del Papa y hacen del blog correspondiente y de las redes sus ágoras particulares. Pero, en Francisco, el lenguaje es tan claro y directo que apenas admite interpretaciones. Es lo que se ve, se oye y se percibe. No hay más. Y eso es lo que llama la atención, su normalidad.

Su cátedra ordinaria es el ambón de la capilla de Santa Marta donde cada mañana comenta la Palabra de Dios. Sus reflexiones, casi susurradas, están llenas de actualidad, calidez. Pero son sobre todo sus expresiones populares, novedosas en la boca de un obispo de Roma, las que son una fuente de titulares inagotable.

Después de un papa profesor universitario, ahora tenemos un papa pastor. No se trata de enfrentar uno al otro. Es cuestión simplemente de valorar y entender la frescura de un lenguaje nuevo. Dejarnos interpelar los que tenemos como principal tarea la de comunicar la Buena Noticia del Evangelio. Benedicto XVI quiso acercarse con su magisterio al mundo del pensamiento y dialogar con la cultura actual expresando su pensamiento en tres grandes encíclicas, en sus homilías y en los discursos pronunciados en los foros mundiales del momento; Francisco, sin rehuir esos ámbitos, ha elegido seguir siendo lo que era, un párroco.

Llama "testarudos" a los que pretender boicotear el Vaticano II, denomina "cristianos de salón" a los que no tienen la fuerza de andar hacia adelante, produjo sobresalto cuando afirmó que las religiosas deben tener corazón de madres y no de solteronas, resumió la paternidad responsable de la que habló Pablo VI con aquello de "no se trata de parir como conejas", le dijo a los jóvenes que no tenían que "balconear la vida, sino meterse en ella" o previno a los cardenales contra el peligro de "la fosilización mental". Son un muestrario de sus frases, algunas han puesto en ascuas las redes sociales, pero a todos ha quedado claro lo que quería decir. Después han venido los críticos, han desmenuzado la semántica, la gramática y hasta la sintaxis del "cómo" y han sembrado oscuridad y hasta rechazo. Pero Francisco sigue adelante. Él es lo que se ve. No es un producto más de marketing, simplemente es normal, un cristiano normal.

Por eso, si el lenguaje "es el vestido del pensamiento", su importancia es prioritaria a la hora de comunicar. Sin olvidar que el mensaje requiere la compañía de signos y gestos que le den veracidad. Hoy más que nunca, parafraseando al profesor McLuhan, "el medio es el mensaje". Y el medio hablando del lenguaje del Papa es su persona. Los que le conocen de siempre dicen: "Él es así."

"¡Cállate, que se te entiende todo!." Ojalá, porque sólo el que nos entienda será capaz de acoger aquello que le ofrecemos. También para las cosas de Dios vale lo de "¡Quien te entienda que te compre!".

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