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La realidad

Una gran coalición

Las épocas de incertidumbre suelen ser tiempos de sorpresas, aunque no necesariamente de pesimismo. La fragmentación parlamentaria refleja la sociología actual en una Europa atomizada y con tintes identitarios. Lo singular del caso español consiste en la dificultad de manejar el puzle político, sin romper con determinadas inercias del pasado. ¿Dónde situar la línea divisoria? ¿En los bloques ideológicos? ¿En la fractura generacional? ¿O en el foso que separa la estabilidad de los populismos antisistema? Seguramente en lo último. Hay múltiples Españas, pero una sola cuestión crucial: si nos aventuramos en el territorio minado de los que propugnan soluciones radicales o decidimos no hacerlo. La sociedad española dijo adiós al bipartidismo, aunque no a la moderación. El núcleo duro del país sigue creyendo en el consenso y en las reformas, en Europa y en el respeto legal e institucional. Ceder a la tentación de unas elecciones anticipadas constituiría un grave error porque sería un fracaso de la política y supondría devolverles la pelota a los ciudadanos. Al igual que el conjunto de Europa, España precisa de un reformismo valiente que mire de frente nuestros problemas estructurales. Esto exige tiempo, sosiego, decisión y fortaleza. En las próximas décadas, la calidad de vida de los españoles dependerá de nuestra capacidad de insertarnos en el sistema productivo mundial, de ganar cuota de mercado, de ser más innovadores y competitivos. Dependerá de lo que se conoce como "capital humano", que es como hablar de la educación, en un país donde el emperador sigue desnudo. Dependerá de la solidez de las cuentas públicas en un entorno deflacionario y de fuerte endeudamiento una combinación tóxica y de la mejora del perfil demográfico (cada vez más envejecido). Dependerá de la flexibilidad laboral y de la generación continua de oportunidades frente a las rigideces de antaño y las falsas seguridades de un trabajo de por vida. Dependerá de nuestro talento para modernizar el Estado del bienestar, atenuar las diferencias sociales y garantizar la dignidad de todos los ciudadanos. Cronificar los problemas no equivale a solucionarlos. El PP puede pensar que repetir las elecciones le favorecerá por la concentración del voto, pero sería un error que agravaría los problemas. El PSOE puede sentirse tentado a tender puentes con una izquierda que pretende arrebatarle la hegemonía y romper las reglas de juego. Si no tiene visión de Estado, se equivocará. Ciudadanos tampoco puede mantener un abstencionismo irresponsable. Los tres partidos deben negociar y pactar, no un acuerdo de corto recorrido, sino a cuatro años, que afronte los graves problemas del país: la cuestión territorial, la independencia del poder judicial, la reforma de las administraciones, las rigideces en el mercado, las dificultades sociales, la modernización tributaria y un modelo educativo estables. Programáticamente, hay margen, pero hace falta confianza y tiempo. Una gran coalición para uno o dos años no resolvería nada, sino que lo emponzoñaría todo aún más. La gran coalición debe sembrar para las próximas décadas, trabajar para el futuro de nuestros hijos. Exigirá flexibilidad, renuncias y valentía. También capacidad de diálogo. No es un pacto de perdedores, sino el reconocimiento de lo que el país quiere y necesita: reformas valientes, consensos amplios y políticas de Estado.

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