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Manuel Ángel Santana Turégano

Los móviles y la conquista de la felicidad

En 1930, en La conquista de la felicidad, Bertrand Russell planteaba que la moderna vida urbana era un impedimento para la felicidad. Y no por las condiciones de salubridad, sino porque la comparación constante era una fuente de infelicidad. Russell, que escribía desde una perspectiva inglesa, había visto cómo los pequeños potentados rurales, que se sentían contentos con su patrimonio, con su cultura y, en general, con su suerte en la vida mientras vivían en el campo, a menudo se convertían en personas reconcomidas por la envidia al mudarse a la gran ciudad, donde siempre había quien tenía más. Casi un siglo después, al ver cómo se comportan las personas hoy en día a menudo tengo la sensación de que quizá seamos la sociedad más infeliz que ha existido nunca, lo cual no deja de ser paradójico si se tiene en cuenta todo lo que se habla de felicidad.

Aunque es posible que tanto mis recuerdos como mis vivencias subjetivas me engañen, y que idealice el pasado, a menudo tengo la sensación de que las personas mayores de hoy son menos felices de lo que a mí me parecía eran los mayores cuando yo era niño; de que las personas de media edad son más infelices ahora de lo que cuando yo era niño me parecía que lo eran la gente de la edad de mis padres; y de que los niños de ahora son menos felices de lo que yo recuerdo haberlo sido de niño. Y creo que todo ello tiene que ver con algo de lo que ya me hablaba mi abuelo: la sociedad de consumo. Cuando el desarrollo capitalista alcanzó una fase en que el problema no era cómo producir más (capitalismo de producción) sino conseguir que lo producido se consumiera (capitalismo de consumo) se desarrollaron extraordinariamente la publicidad y el márquetin. Básicamente, se trataba de conseguir que gente que hasta entonces había vivido relativamente feliz con bastante poco se sintiera infeliz. Y convencerlos de que mediante el consumo alcanzarían la felicidad, de convencerlos de que de la clave para tener una buena vida no era, por ejemplo, el ascetismo y consagrarse a una buena causa, sacra o profana, sino, sencillamente, ganar mucho dinero para poder consumir mucho (idealmente, más que el vecino).

¿En qué me baso para afirmar que somos la sociedad más infeliz que ha existido nunca? Pues en que la sociedad de consumo se ha multiplicado hasta niveles que nunca habíamos podido ni imaginar. Yo, que ya tengo una edad, recuerdo cuando en Canarias sólo había una cadena de televisión, y emitía unas 12 horas (desde el mediodía hasta la media noche). Claro que la publicidad y la sociedad de consumo también le llegaba a la persona corriente a través de otros medios, desde la radio, los anuncios en la prensa o las vallas publicitarias. Pero siempre podías mirar hacia otro lado. Ahora, y más desde que la pandemia nos ató aún más a nuestras pantallas, la mayoría de las personas llevamos todo el tiempo encima lo que ha sido denominado, «mecanismos de modificación conductual», esos mecanismos aparentemente inofensivos que han venido para facilitarnos la vida: los teléfonos inteligentes.

Parémonos a pensar un momento: llevamos en la palma de la mano algo que hace 30 años hubiera sido impensable: una cámara de fotos con mejor resolución de las que había entonces; una grabadora de imágenes y sonidos; sistemas de navegación GPS que ya hubieran querido tener en las películas de Rambo en la década de 1980, y otras muchas cosas. Y ¿todo eso quién lo paga? Pues, básicamente, algunas compañías (todo el mundo conoce sus nombres) que lo hacen para conseguir espacio para sus mensajes publicitarios. Que ya sabemos en qué se basan: hacernos sentir infelices para convencernos de que comprando sus productos y/o servicios seremos felices. Con lo cual, basta rellenar los espacios para comprender por qué somos la sociedad más infeliz que ha existido nunca: en ninguna sociedad tanta gente había estado sometida durante tanto tiempo a tantos mensajes publicitarios que nos quieren convencer de que necesitamos consumir para ser felices.

Cuando yo era niño quienes entonces eran mayores (la generación de mis abuelos) vivían felices, contentos de haber podido disfrutar de una larga vida, y de poder disfrutar de su descendencia. Mis abuelas hasta pensaban que yo era relativamente bueno, listo y hasta guapo. ¿Qué les queda a las abuelas de ahora? Ahora las abuelas a través de las redes no sólo se enteran de que el mundo es un lugar malo malísimo, sino también de que, aunque no lo quieran reconocer, las otras abuelas tienen nietos más buenos, listos y guapos. Los niños y adolescentes viven una era terrible, porque ya no se tienen que comparar con las personas más guapas y listas de su clase o de su barrio, sino que a través de Internet se comparan con todo el mundo. Y lo que es peor, con imágenes retocadas de todo el mundo contra las que es imposible competir. ¿Y qué decir de la gente de media edad? Basta que tengas una buena racha y te pienses que te va relativamente bien para que te venga alguien a pasar por la cara que, en comparación con los viajes que realiza, los cochazos que tiene, la vida que se pega y lo estupendos que están tanto ellas como sus parejas, tu vida es una porquería.

La comparación y el cotilleo no son nuevos, ni se inventaron con los móviles. Las teorías científicas más recientes plantean que, en cuanto que animales sociales, están implícitos en la naturaleza humana. La tecnología en sí no es mala, pero sí lo es el uso que se hace de ella. Esperemos que, en el futuro, los móviles dejen de ser mecanismos para hacernos sentir infelices, y en vez de atarnos aún más a la sociedad de consumo, nos ayuden a vivir más felices.

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