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La UD encoge en el barro

Las Palmas se conformó con el empate, 1-1, ante el CD Tenerife en un duelo sin apenas presencia ofensiva P Un mal pase de Momo permitió el gol de Maxi Pérez P Hernán igualó la contienda

El derbi acabó en empate, un punto que contentó a los tinerfeños -que felicitan a Maxi en la imagen superior- y dejó un sabor amargo en los amarillos. Momo, en el medio, fue protagonista en los goles.

El derbi acabó en empate, un punto que contentó a los tinerfeños -que felicitan a Maxi en la imagen superior- y dejó un sabor amargo en los amarillos. Momo, en el medio, fue protagonista en los goles.

La ambición amarilla, a falta de 15 minutos, estaba entregada al ahora o nunca. Los goles de Maxi y Hernán habían agitado la botella y Roque había amagado con descorchar las burbujas del triunfo. Mandaba el empate, 1-1, y el escenario de las cuentas pendientes y el honor en juego reclamaba la presencia de un héroe, como lo fue Vicente hace un año y en el descuento. Pero el más importante de los invitados, el fútbol, no llegó a presentarse a la cita y el Tenerife, ante una UD sin carácter ni peligro, cerró cómodamente las tablas desde la picardía. El ánimo local quedó atrapado en el vidrio. No hubo champán, remontada o corchos volando. La fiesta acabó en desencanto y el derbi murió en una penumbra de copas vacías y cristales rotos.

La Unión Deportiva ofreció una versión demasiado gris -sin apenas peligro sobre la portería del CD Tenerife- el día en el que su afición pretendía cicatrizar las últimas heridas de su mayor rivalidad. No solo habían tres puntos en juego, una semana más en el liderato o un paso menos para el horizonte del ascenso. Desde primera hora de la mañana se hizo patente, entre el respetable local, la necesidad de tapar con goles y fútbol las crueles burlas del vecino tras el fatídico 22-J. "Canarión, por saltarín te quedaste sin subir", insultaba el Heliodoro y lo recordó ayer la propia entidad blanquiazul. De esta manera, la ilusión local recibió a sus jugadores en la calle Fondos de Segura, llenó el Gran Canaria con 28.000 almas entregadas y ofreció un espectáculo de tifos, himnos y cánticos de apoyo. "Canarias es amarilla", fue la respuesta más elegante. Con todo, el derbi contaba con todos los ingredientes para un enorme espectáculo. Pero era el campo y el balón, siempre el balón -con el amarillo líder de la categoría y con 23 puntos y 22 goles de ventaja sobre el oponente- los que debían dictar sentencia. Y, en lugar de servir a modo de estímulo, el componente emocional influyó en sentido contrario. Los jugadores de Paco Herrera nunca supieron imponer su calidad, su fútbol y su evidente superioridad ante un rival que se sintió cómodo porque, sencillamente, ha comprendido desde hace años que en un derbi intervienen leyes no escritas y gana el más listo. No se jugó a nada. El partido resultó un soberano tostón y el Tenerife de Agné, tan hábil en la telaraña como lo fue el de Cervera, se marchó como ganador moral, porque en éste, como en los últimos, se jugó siempre a lo que quiso e impuso el conjunto blanquiazul.

Herrera apostó por los canarios en su convocatoria con la clara intención de apelar al orgullo del que lo ha mamado desde la cuna. Pero, pese al dominio sobre el esférico, la UD ofreció un juego precipitado, sin profundidad, orden ni peligro. Jonathan Viera manoseó el cuero hasta el extremo, Culio erraba pases sencillos y Araujo estaba demasiado solo y desconectado. Agné olió el miedo al error en el rival y como un cazador certero se supo en el camino correcto. A la primera oportunidad, Aridane soltó el codo sobre Aythami y Vitolo golpeó cual maestro del kick-boxing una patada a la rodilla de Culio en un balón dividido. El árbitro perdonó las dos acciones y el rival ganaba a los puntos en esas leyes no escritas que Las Palmas olvidó, como también olvidó el juego de bandas y extremos. Sin control sobre el centro del campo, los amarillos cayeron en todas trampas y provocaciones de un rival -más listo a la hora de detener el juego, proteger el cuero y caer, ganar jugadas a balón parado e imponer un ritmo lento- para acabar con el balón a seguir como único recurso. Así, sin ideas en los metros finales y con Araujo perdido, la propuesta amarilla fue demasiado previsible.

Así la primera oportunidad clara del partido fue para Suso. El extremo tinerfeño se encontró con un balón generoso dentro del área, perfecto para fusilar a Casto, pero su disparo se marchó alto. Los amarillos contestaron con un internada de Viera, que pidió penalti sin razón tras caer en el área cuando ya le habían ganado la posición, y un remate posterior de Hernán, que se sorprendió al verse solo en el área y falló con un remate blando. Tras esto, los contendientes midieron sus errores.

El duelo rompió sus costuras a la media hora con dos oportunidades de gol para la UD. En la primera, Nauzet recortó dentro del área para buscar el disparo con la zurda, pero con este gestó se echó sobre el rival. En la siguiente, tras un buena combinación entre Nau y Araujo, Culio disparó desde fuera del área. Dani Hernández rechazó y Viera tuvo tiempo para elegir remate antes de disparar al exterior de la red. Araujo parecía despertar y empezó a entrar en contacto con el cuero. Así, Nauzet tuvo una falta perfecta para sus condiciones. Era una ocasión soñada por el mediapunta. El de Las Mesas salvó la barrera y eligió el lado del portero, que voló para desviar el tanto amarillo, con el 'uy' en la grada. Fueron los mejores minutos de la UD.

Momo, protagonista

El escenario cambió tras el descanso. Viera sufrió un pinchazo en el abductor al intentar una carrera y fue sustituido por Momo. El extremo zurdo entró frío al terreno de juego y en una de sus primeras intervenciones dejó cortó un pase a Jesús que cortó Maxi Pérez en una invitación a gol que no perdonó tras regatear a Casto en diagonal y disparar sin oposición. El Tenerife, en su segundo disparo a puerta, se ponía por delante. La afición amarilla no se lo creía. Pero la UD reaccionó. Momo enmendó su error cinco minutos después, en el 50, a través de una falta, casi un córner, que, a partir de un centro perfecto, sirvió el gol a Hernán Santana que, tras ganar la posición, remató a la red e un cabeceo de enorme precisión. Las Palmas había empatado y el Gran Canaria revivía.

Momo se había convertido en protagonista del encuentro, tanto negativo como positivo en dos acciones puntuales, pero lo cierto es que la entrada del mayor de los hermanos Figueroa mejoró sustancialmente el juego amarillo. Las Palmas se lo había puesto demasiado fácil a su rival en la primera mitad, a base de conducir y acabar todas las jugadas por el centro, dejando las bandas para el olvido pese a las carencias del rival en los dos laterales. La tendencia de los últimos partidos es evidente. La UD genera menos peligro ofensivo y esta inercia coincide con la entrada de Viera y el bajón en el rendimiento de Culio, dos jugadores lentos en la actualidad que buscan el balón al pie, conducen en exceso y les falta levantar la cabeza. Ninguno de los dos produjo peligro. Todo lo contrario, frenaron toda jugada ofensiva y fallaron en los pases.

El argentino fue sustituido en el minuto 59 por el canterano Roque y los amarillos pasaron a dominar el duelo pero sin apenas peligro en la zona de tres cuartos y menos aún en el remate. Simón disparó a puerta sin peligro tras una buena jugada de Araujo, de las pocas que trazó en el derbi. Las Palmas mejoró pero le faltaba chispa e imaginación. Aún así, Roque tuvo el gol de la victoria en el minuto 71. Tras un robo de Nauzet en la salida del balón desde los centrales, Momo cedió atrás para la llegada de Roque, pero éste se hinchó de balón y lo mandó a las nubes desde el punto de penalti. La grada lamentó la ocasión. Roque lo hizo sobre el césped.

Faltaba una marcha más. Buscar la sorpresa, el talento de lo distinto y el valor añadido que decide partidos. Pero Araujo estaba completamente desconectado. Así, con el rival replegado y los amarillos fallando en el último pase, estaba el partido para la magia de Valerón, pero Herrera apostó por Asdrúbal y el equipo amarillo, como un toro buscando el capote, no varió su discurso. Las Palmas se daba contra un muro y la respuesta, en lugar de buscar los puntos débiles, consistió en golpear al hormigón con mayor fuerza. El equipo de Agné agradeció el gesto y trabó el juego a base de faltas y piscinazos.

El Tenerife hizo su partido y lo hizo con acierto. Se presentó en Gran canaria consciente de sus limitaciones, aceptó su inferioridad e igualó a su oponente desde la inteligencia, la lucha y la picardía como lo hace el Atlético cuando se enfrenta al Madrid o el Barça. Además, encontró en el colegiado David Medié Jiménez a su mejor aliado en este sentido. Pero fue la UD, un líder que no asusta, el que se pegó un tiro al pie desde la precipitación constante, la ausencia de bandas, falta de ideas y escasa presencia en el área rival. Momo lo intento a balón parado en los últimos minutos, en ese tramo final en el que Vicente dio los tres puntos hace un año y en el que, en esta ocasión, Las Palmas se diluyó cual azucarillo. En el momento de la verdad no se jugó a nada y el Tenerife firmó el empate. El gol de Hernán y la ocasión de Roque resultaron un bagaje demasiado escaso.

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