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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Plan de Acción | La naturaleza y la ciudad Noemí Tejera y Elsa Guerra Arquitectas

«La capital tiene un potencial brutal gracias a sus barrancos y su frente litoral»

«La cuestión es que las personas sientan que la ciudad les pertenece, vivan en el barrio que vivan y tengan el nivel económico que tengan», aseguran las arquitectas

Las arquitectas Noemí Tejera y Elsa Guerra en la grada de Tribuna del Estadio Insular. Nacho G Oramas

El cuidado de la vida como base de las nuevas estrategias de regeneración urbana. Esta es la premisa con la que se presentaron en las pasadas jornadas del plan de acción capitalino.

Noemí Tejera: Hablamos de los cuidados desde el punto de vista de las personas pero también medioambiental; es decir, de la infraestructura verde de la ciudad y de la importancia que tiene como herramienta para plantear un cierto equilibrio con nuestra relación con el medio y también tocamos la infraestructura azul. Todo esto lo vinculamos a dos experiencias prácticas del estudio, que son la rehabilitación de la grada de Tribuna del antiguo Estadio Insular y el proyecto de rehabilitación de la playa de Valleseco en Santa Cruz de Tenerife.

Elsa Guerra: La forma de ordenar la ciudad tiene que ver con la ética del cuidado. Esto puedes enfocarlo en dos líneas de acción. Una que tiene más que ver con las personas y otra con el verde. Cuidar el medio significa cuidar a las personas. Al final es una de las mejores herramientas, recuperar una adecuada relación con la naturaleza. En esta ponencia que hicimos en el marco de la Agenda Urbana pusimos experiencias prácticas de transformación de espacios públicos.

N. T. Todo esto se resume en la importancia de regenerar la ciudad desde un punto de visto biodiverso. El derecho al paisaje como bien común. Además, hay cuestiones diversas que están apuntadas desde los ecofeminismos y ecodependencias.

Los dos proyectos representan dos versiones de los cuidados al medio. ¿De qué manera son ejemplo?

N. T. Son la suma de distintas miradas. Es importante atender a distintas escalas. En el parque del Estadio Insular había que tener en cuenta las demandas de los vecinos y las vecinas del barrio. Se trata de un equipamiento que atiende a su contexto más próximo. El parque cuenta en esa cota elevada con tumbonas, miradores y abarca distintas formas de relacionarnos. Aporta más espacio libre; se atiende al cuidado porque se suman montón de maneras de usar el espacio y también al cuidado de lo natural al crear un nuevo fragmento de parque, que era una necesidad de partida. En la parte elevada lo hicimos con las cubiertas ajardinadas y a cota cero incorporamos suelo permeable [sin asfaltar ni pavimentar].

E. G. Con respecto a la playa de Valleseco, nos da una oportunidad para reflexionar a cerca de los frentes marítimos, que ha sido uno de los trabajos que más hemos desarrollado en este estudio durante más de 30 años. Hemos trabajado en el litoral de Las Palmas, en el Sur en San Agustín, en el Puerto de la Cruz, incluso en Vietnam. En el caso de la capital grancanaria hicimos una reflexión en la zona del Istmo, donde se acaba de anunciar la creación de un gran parque; un parque que llevamos dibujando desde el año 2000 en el estudio. El litoral constituye uno de esos elementos más potentes dentro del sistema de la infraestructura verde porque suma el mar con esa capacidad de biodiversidad y de atracción hacia las personas y la vida colectiva. Es un ámbito esencial. En el caso concreto de Santa Cruz de Tenerife, a lo largo del desarrollo del proyecto, si bien hay aspectos de los cuidados como la accesibilidad o el confort que estaban ya contemplados, incorporamos la playa de charco como ámbito verde. Algo que no había inicialmente. 

La mejor manera de proteger el patrimonio es que se use y provoque un sentimiento de pertenencia»

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En las dos capitales canarias el desarrollo del siglo XX ha alejado el mar de los ciudadanos.

N. T. La recuperación de los frentes portuarios es algo que se está haciendo desde los 70. Hay muchas ciudades que han avanzado mucho en este sentido. Que vayamos un poquito por detrás significa que hay una suma de experiencias fantástica. El acercamiento al mar y el borde es una asignatura pendiente. Los frentes marítimos son una gran oportunidad; tienen una gran capacidad para articular las ciudades.

E. G. El urbanismo desde que empieza en el siglo XIX ha tenido una ambición teórica de cuidar a las personas. Este aparece para atender sobre todo a las poblaciones más desfavorecidas; aparece muy forzado por las condiciones terribles de la población con menos recursos a partir de la Revolución Industrial. Aquello era una bomba de relojería. Para arreglarlo había que poner unas reglas de cómo debe ser una ciudad, las viviendas, cómo llevar el agua a todos los lugares. Así nace esta disciplina. Es verdad, eso sí, que el siglo XX fue el del automóvil, el de las grandes infraestructuras y la modernidad. De la misma manera que se tiraban edificios de los centros históricos y dejamos de hacerlo porque nos dimos cuenta que tienen un valor, llegamos a la conclusión de que tenemos una autovía en todo el frente marítimo. El acceso al mar no puede estar ocupado por una gran infraestructura. Pero en cada momento se hicieron las cosas pensando que era lo mejor para la ciudadanía. La cuestión está en darnos cuenta que no, que la relación con la naturaleza no era la adecuada. El planeta no hace si no protestar. La emergencia climática es una tragedia y las ciudades tienen mucho que aportar. Tenemos que mejorarlas medioambientalmente y la capacidad de contribuir del urbanismo es importante a la hora de regenerarlas. Además de cuidar y atender a todas las personas en su diversidad.

¿La sociedad se ha dado cuenta tarde?

N. T. Si el urbanismo es una respuesta técnica a unas demandas colectivas, digamos que todas las fisuras han tenido planteamientos androcentristas. Llegamos tarde en el sentido de la emergencia climática de eso no hay duda. 

E. G. Somos críticas con lo que se hizo; pero en ese entonces era el sonido de los tiempos.

N. T. Lo que no podemos permitirnos ahora es no atender de una manera diversa los cuidados. Eso se traduce en decisiones urbanas y en la arquitectura. Igual somos bastante optimistas.

E. G. Igual necesitamos serlo. Podemos decir qué mal se hacía todo antes, que no se utilizaba el verde, las aceras eran estrechas y había poco espacio peatonal. Necesitamos que el discurso se plantee de otra manera; una crítica dura es muy estéril, es más interesante darnos cuenta que la sociedad va mejorando. Hay que actuar sobre la ciudad existente y es posible regenerarla ofreciendo mejores condiciones de cuidados para las personas e incorporando a la naturaleza.

N. T. Además, Las Palmas de Gran Canaria tiene una capacidad de transformación enorme. Realmente puede abordarse la infraestructura verde. Ahí es donde hay que poner el esfuerzo.

E. G. Debemos situarnos con unos índices de referencia a los que aspirar, plantearnos una estrategia y empezarla a cumplir paso a paso, y así decir dentro de tres años si la hemos cumplido o no. Ese es el tipo de debate que hay que tener. Marcar una estrategia, hablar de nuevas formas de regeneración de las ciudades.

Han trabajado en el Estadio Insular, que en su momento se construyó sobre un paraje natural. ¿Sería un ejemplo perfecto de ese aprovechamiento de la ciudad existente?

N. T. En este caso queríamos incorporar los valores de la arquitectura de un momento concreto; hablamos de una infraestructura que miraba hacia un campo y que también responde a una arquitectura muy singular con 32 pórticos de hormigón. La estrategia ha tneido que ver con incorporar un nuevo uso en el que las capas de la historia están siendo reinterpretadas. El proyecto tiene los valores de reutilización. Al final, la mejor manera de proteger el patrimonio es que se use y provoque un sentimiento de pertenencia.

E. G. La capital tiene una potencialidad brutal, precisamente por esa base estructural que es su geografía: los barrancos y el borde litoral. Los cauces están presentes en el tejido urbano, por lo que hay una oportunidad de enlazar con los espacios verdes. No es ninguna novedad, el Plan General vigente se apoya en eso, por lo que tenemos una base de cara a las nuevas intervenciones. Eso es lo que ha ocurrido con el parque del Estadio Insular, que además está en un corte transversal de la ciudad entre los barrios de Alcaravaneras y Ciudad Jardín.

¿Cómo benefician esos cuidados al medio a las personas?

N. T. Cuando hablamos del cuidado medioambiental estamos hablando de salud, de temas sociales, incluso económicos. Esa renaturalización tiene que ver con una respuesta directa en la salud de las personas. Lo interesante es ver la traducción directa de lo que significa plantar un árbol o tener un espacio más permeable, con mayor biodiversidad. Además a partir de la pandemia las ciudades han estado casi chillando por la renaturalización.

E. G. Por una parte está el derecho a la ciudad. Esto significa, primero, que todo el mundo tiene derecho a una vivienda y que estas necesitan ofrecer unas condiciones mínimas para vivir. Vimos cómo había personas a las que se les hizo muy difícil el confinamiento. Para hacer viviendas ya no valen las normas del siglo XIX o XX, hay que hacerlas con las del siglo XXI. Hace falta espacio colectivo. La vivienda colectiva debe proporcionar espacio de encuentro vecinal, porque contribuye a la cohesión social. Además el derecho a la ciudad significa el derecho al espacio público. Esto significa que las personas son las protagonistas y no los vehículos. Que para que estas lo sean no solamente la calle debe ser peatonal; tiene que tener bancos, estar iluminada, tener sombra y tiene que llevarte a los equipamientos y dotaciones al menos de primera necesidad. Si el espacio público cuida a las personas y a la naturaleza mejoramos la salud. La cuestión es que las personas estén satisfechas y sientan que la ciudad les pertenece vivan en el barrio que vivan e independientemente de su nivel económico. A la hora de desarrollar la infraestructura verde hay que mirar cuánto contribuye a la limpieza del aire, cuántas personas en la zona más cercana son capaces de utilizarla, cómo responde a las necesidades en función de la edad.

Lo que está sucediendo en La Isleta y el cerramiento de las plazas es dramático»

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Con la cuarentena muchos se dieron cuenta que cerrar la terraza fue un error o que a la casa nunca le daba el sol. ¿Ahí entran las normas del siglo XXI?

N. T. Ahí tiene que ver también el uso de las viviendas. Para eso hay que plantear usos mixtos en los edificios. Ahora mismo eso no es posible.

E. G. Hace falta tener plantas bajas que sean locales comerciales. ¿Cuánta vivienda pública no se hizo hasta en las plantas bajas? Y cuando no, se ponían soportales o garajes. Eso significa cambiar la ordenanza de muchos barrios. Las plantas bajas tienen que ser lo más mezcladas posible.

N. T. Imagínate que haya una guardería, una tienda; eso significa que las personas bajan, se encuentran.

E. G. Este movimiento del que estamos hablando está resurgiendo en todos lados. En Barcelona están rompiendo asfalto y poniendo suelo permeable. Tenemos que sumarnos a eso.

N. T. En Londres hay un movimiento muy divertido en el que tú mismo puedes levantar un cacho de asfalto de la calle.

E. G. Sería una bonita experiencia colectiva. Algo tan simbólico y a la vez importantísimo.

N. T. Está muy vinculado con el urbanismo táctico y la conquista de lo público. Hay que reflexionar sobre los espacios en los que vivimos. La preocupación en la pandemia ha sido fundamental. Porque tengo derecho a usar el espacio público, no solo para moverme de un punto a otro. Sentarme, relacionarme y quedar con la gente. Por ejemplo, lo que está sucediendo en La Isleta y el cerramiento de las plazas es dramático. Es la respuesta a no haber entendido nada. Es un fracaso como ciudadanía. En cambio, es fascinante ver cómo hay gente en Barcelona que ha pasado a celebrar cumpleaños en la calle. Poder usar el espacio como lugar de encuentro; y en este caso es el ejemplo de quien dice que no quiere un banco debajo de su casa porque dice que te sientas a charlar y molestas.

E. G. Primero el espacio público. Además, debe haber un aspecto importantísimo: la seguridad. Tengo que tener derecho a caminar segura a las dos la mañana por la calle. Eso significa mejor iluminación o un funcionamiento del transporte con atención a ese tipo de aspectos. Por otro lado, está la crisis de la democracia. Esta tiene que ver con el enfado y la impotencia por todo lo que funciona mal. La ciudad tiene su pequeñita contribución a solucionar eso; el uso del espacio público contribuye a la cohesión social. Si tú proporcionas lugares adecuados para el encuentro de las personas, se entiende el lugar donde pones de tu parte para el bien común. Eso contribuye a buscar las formas de participación colectiva y reforzar nuestra democracia.

Para hacer todo esto hace falta pedagogía.

N. T. Hay que hacer entender la importancia de vivir en sociedad. En varios proyectos hemos tenido que luchar para que se mantengan los bancos o por incorporar estructura verde. Hay que hacer pedagogía desde la participación; bien entendida, hacer que todo el mundo tenga sentimiento de pertenencia por el espacio colectivo. Es la mejor manera. 

E. G. En la participación hay que hacer un esfuerzo enorme. Impulsarla desde las administraciones públicas. Las personas deben participar en la construcción del lugar en el que viven. Aportan inteligencia, nos enriquecemos sumando conocimiento. Muchas veces las personas se oponen a algo porque no les gusta que les impongan cómo vivir y nadie les ha explicado por qué algo se está haciendo. Si no, entrarán en esa desidia que no es nada buena para la ciudad. Porque esta necesita de la opinión de las personas para saber qué quieren y controlar lo que vamos haciendo.

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