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cartas a gregorio

El riesgo de prevenir

Querido amigo: María Eugenia es una amiga de los tiempos de cuando pelábamos la pava que ahora debe tener cerca de setenta años.

Se casó con Alberto, un tipo normal que le sacaba más de diez años, por lo que desde que él cumplió los sesenta, ella decidió empezar a prepararse para asumir su futura condición de viuda.

Todo empezó cuando una amiga la convenció de que su marido tenía que contratar un seguro de vida a la vista de la diferencia de edad y de que ella no había trabajado ni cotizado nunca, de modo que, con lo que recibiría del seguro más la pensión de viudedad, tendría la tranquilidad de poder mantenerse el resto de su vida cómodamente sin problemas económicos y sin depender de nadie, ya que no habían podido tener hijos. Así que, siguiendo el consejo, hizo que Alberto contratara un seguro.

Y es que, como bien dicen, no hay nadie más ciego que el que no quiere ver, pero es lo que nos pasa cuando no queremos aceptar que, más tarde o más temprano, vamos a tener que desaparecer. Lo que me parece bien, y que cada uno tome las decisiones que crea oportunas para prevenir lo que en cualquier momento pueda suceder.

Pero todo tiene un límite, y en el caso de María Eugenia, la preocupación por garantizar su subsistencia se convirtió en una obsesión que acabó por afectar a su matrimonio, y a los pocos años perdió su condición de esposa y la de beneficiara del seguro de vida que tenía de su marido.

Total que, si es cierto el refrán de que hombre prevenido o mujer prevenida vale por dos, habría también que prevenirse de ser demasiado previsor, Gregorio, y dejar que algunas cosas se resuelvan por sí mismas.

Últimamente me llaman las compañías de seguros para que contrate un servicio completo de deceso, y entre los gastos de las pompas fúnebres, se encargan del funeral y el entierro en una caja de roble, el recordatorio, la música apropiada y una serie de servicios a cual más exquisito para deleite de los asistentes a ese último evento..., y es que, como dicen ellos, es la última oportunidad que tienes en la vida de agasajar a tu familia y tus amigos.

Las señoritas de las aseguradoras que te atienden son muy simpáticas y atentas, así que, después de escucharlas con atención, contesté que pagar un seguro de vida es como encargar una lápida sin fecha y pagarla por adelantado... Pero, además, si como se suele hacer pones en el epitafio: "Su desconsolada esposa...", corres el riesgo de que tu media naranja te mande un día a hacer puñetas, y vayas a terminar queriendo romperle la lápida en la cabeza...

No voy a hacerme ningún seguro de vida, Gregorio. Si pueden que me incineren, y que luego se deshagan de las cenizas tirando de la cadena...

Un abrazo, amigo, y hasta el martes que viene.

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