Hay un personaje invisible que se cuela en la historia. A pesar de su transparencia, tiene una voz sonora. Un timbre agudo o grave, corta el viento y posee una expresión singular a través de los dedos doblados de la mano: el silbo. El lenguaje silbado aún se mantiene vivo, declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, y con presencia tanto en La Gomera, El Hierro, Gran Canaria y Tenerife, también encuentra en la manifestación artística una forma para pervivir en la sociedad: el cine.

A finales de los 80, Guarapo, largometraje que reflejaba los anhelos de un joven jornalero que quería emigrar a América desde La Gomera, introdujo el silbo en la ficción. De aquel entonces, hace unos días, el cortometraje Y mi abuela, también recorría las redes sociales llamando la atención de los internautas sobre cómo la creación había incluido de forma tan natural este recurso. Esta idea nació durante el concurso exprés Gáldar Rueda, en el marco del Festival Internacional de Cine (FIC), cuando Yesenia H. Febles e Inés R. Fernández, dos antropólogas interesadas en el mundo audiovisual y en su potencial como salvaguarda de las costumbres y tradiciones de las Islas, pusieron en marcha la ingeniería inventiva.

Yesenia sabe silbar gracias a la asociación Yo, Silbo, lo que ha facilitado que este año haya iniciado un curso en Fuerteventura para que los majoreros también lo conozcan. Por tanto, fue la indicada para ponerse frente a la cámara y dar vida a una joven que en los altos de las medianías de Gáldar practica el silbo. Entonces, llega su abuela, que se muestra extrañada ante el conocimiento de su nieta cuando a ella de joven le habían prohibido aprender las formas. Así, se une la herencia etnográfica con un enfoque de género, tal y como explican sus autoras. «A través del audiovisual y del cine pueden contarse historias o hacer preguntas que le llegue a la gente, como por qué las mujeres no silbaban o, por ejemplo, si en Gran Canaria se silbaba, a lo que preguntamos y supimos que había evidencias en Juncalillo: lo más importantes es que la gente despierte a través de nuestras creaciones», afirma.

El final, cuando la abuela vuelve a intentar silbar, es lo que más emociona a quienes lo han visto, subraya Febles, y, poco a poco, esperan profundizar en esta senda para dar cabida a más historias. Ya en el año 2019 la producción rumana The Whistlers (La Gomera) introdujo la concatenación de sonidos a una trama de suspense en el que un policía en contacto con la mafia del país viaja al Archipiélago para conocer el silbo, a través del cual logra comunicarse con un presidiario. El largometraje fue premiado en el Festival de Sevilla con el Mejor guion y hasta acudió a la Sección Oficial del Festival de Cannes, una idea que expandió por Europa este patrimonio inmaterial de manera original.

La Palma y el silbo

Ser parte de la historia, no distinción en ella, es fundamental para Sonia Håkansson. La cineasta, documentalista y fotógrafa ideó en el año 2021 el corto Menta dentro de Festivalito La Palma. La trama se centra en la menstruación como unión entre el entorno y la mujer, cuya sangre diluida en agua posee nutrientes y sirve para el regado de plantas. Hospedados en un apartamento lleno de hierbas aromáticas, con la actriz protagonista en su período, era el escenario perfecto: «El silbo fue igual de orgánico, incluso más, porque cuando estábamos rodando en la azotea y la protagonista estaba sola, sentía la necesidad que hubiera diálogo. Entonces, Jen Dávila le dio los buenos días a una señora que había al fondo silbando». Lo que fue una ocurrencia, rápidamente lo introdujeron en el corto como un detalle que enriquecía el paisaje narrativo, «me pareció una forma bonita de introducir en el silbo normalizándolo como un lenguaje más, ya que para mí es importante reivindicarlo desde la naturalización con personajes que encarnen de lo que hablamos, como el cine feminista y no racista».

La propia Håkansson fue la protagonista al año siguiente de otro corto en el Festivalito dirigido por Aída Santana: Romper el silbo, expresión que hace referencia al primer momento en el que emites sonido silbando. En él, un accidente durante una escalada pone de relieve la utilidad de este lenguaje para llamar en caso de socorro a otros y conseguir ser auxiliado. Esta vez, Santana, fotógrafa y videógrafa, se inspiró en sus vivencias. Por una parte, intentó apuntarse a los cursos de iniciación de Yo Silbo, pero llegó tarde, y empezó a aprender junto a sus amigos Agaury y Oliver que lo habían hecho, y por otra, incluyó a los silbadores que practican el salto del pastor, hecho que ha observado cuando escala.

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Entonces, junto a Pablo Vilas y el equipo de grabación, ideó este guion en el que, además, presenció una especie de milagro: «Sonia consiguió romper el silbo en directo en la grabación, fue muy emocionante». El cine, una vez más, como fuente de inspiración y conocimiento, «ayudaría a visibilizarse más y animar a las personas a aprender el lenguaje silbado y a su vez que se perpetúe más en el tiempo», reflexiona Santana. En paralelo a la producción de documentales, como el recién estrenado El lenguaje silbado de Gran Canaria. Pervivencia y futuro -basado en los estudios del fundador de Yo Silbo, David Díaz Reyes-, la imaginación se ve envuelta en este sonido ancestral.